Juicio desapasionado sobre la Transición

Amando de Miguel

Caben pocas dudas sobre el estadio final en que se encuentra la Transición, el sistema que siguió al régimen franquista, y que ha durado más de cuarenta años. Ha llegado, pues, el momento para apuntar algunas reflexiones sobre ese largo ciclo político. Se puede considerar una suerte el hecho de ser contemporáneo del experimento democrático más exitoso de la historia de España. Ha sido un milagro la sucesión pacífica a un régimen autoritario a través del consenso entre fuerzas no ya dispares sino antipódicas.

El secreto de tantas virtudes iniciales reside en que la operación se diseñó y se empezó desde dentro del último franquismo. Coincidió, además, con el portentoso desarrollo económico de los tres últimos lustros de la era de Franco. Se materializó en una suerte de réplica del turnismo de la Restauración de Cánovas (otro régimen que, también, resistió incólume cuatro décadas). La ventaja de este segundo episodio de la Transición es que ha permanecido con escasa violencia, si descontamos el terrorismo vasco y algunos episodios del islámico.

Lo malo de la inevitable comparación histórica es que, en este caso de la Transición, se han reproducido los efectos no deseados, los pertinaces demonios familiares de otros tiempos. Así, la corrupción, el autoritarismo, el amiguismo, el particularismo, el caciquismo de los partidos en el poder. En síntesis, se ha reiterado el tradicional tirón oligárquico. En donde se demuestra que la cultura política heredada tiene más peso que la Constitución y todas las demás reformas legales.

Por encima de tales constreñimientos históricos, los fautores de la Transición han reiterado un error de principio: el reconocimiento de los partidos separatistas, vascos y catalanes. Tales fuerzas políticas han obtenido una desproporcionada presencia en las Cortes Españolas. La ventaja se ha debido a una prima de la ley electoral, a pesar de que no intentan representar al conjunto del electorado. Ese privilegio les ha servido, paradójicamente, para tratar de excluir la lengua castellana común de sus respectivos territorios. Ya es desmesura. Tanto Cataluña como el País Vasco (que ya eran las regiones más industrializadas) han seguido obteniendo continuos favores de los Gobiernos de España. Para ocultar tal desigualdad, los constituyentes de 1978 diseñaron un esquema de comunidades autónomas (valga el oxímoron). Ha sido una fuente de ulterior corrupción y de un crecimiento parasitario de la burocracia pública. El peso de las autonomías es tal que el término nacional ha sido sustituido por el de interterritorial o, de forma, todavía, más confusa, por estatal.

Junto a esos errores de base, el discurrir de los Gobiernos de la Transición ha llevado al extraordinario refuerzo de una herencia franquista: el intervencionismo estatal. Naturalmente, los Gobiernos de la Transición no han reconocido ese enlace. Es más, los socialistas en el poder han revitalizado un antifranquismo extemporáneo, quizá como compensación subconsciente de que el PSOE desarrolló una escasa presencia en la oposición a Franco.

El argumento anterior degeneró un punto más al entronizar la estrafalaria doctrina de la memoria histórica (o democrática; no se sabe qué calificación es más absurda). La cual intenta nada menos que reescribir la Historia reciente, borrar de ella las cuatro décadas del franquismo. Es más, se propone hacer, implícitamente, como si la guerra civil la hubiera ganado la trilogía de los socialistas-comunistas-separatistas, justamente los que la perdieron. Tal estrambótica alianza es la que compone el último Gobierno de la Transición.

En síntesis, lo mejor de la Transición es que ha logrado establecer una mentalidad democrática general (incluidos los militares) que nunca se dio en nuestra historia contemporánea. Lo problemático es la incapacidad del Gobierno actual para resolver con elegancia la hecatombe económica y sanitaria. Es algo difícil de cumplir, dada la ineficiencia radical del Estado de las Autonomías y de los otros errores descritos. Por si fuera poco, habría que destacar el marasmo cultural en que se ve sumida la España de hoy. Pero esa es otra historia.

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