Jugando con las palabras en torno a Cataluña

Amando de Miguel

El prodigio de un idioma no es que cada palabra quiera decir una sola cosa, sino que una misma voz o expresión acumule significados distintos y a veces hasta opuestos. Sin ir más lejos, la autodeterminación de Cataluña indica para algunos un sagrado derecho; para otros, un delito o una salida de pata de banco.

El modo más sencillo de practicar el juego léxico que digo consiste en tomar una palabra con una acepción común. Basta añadirle una desinencia (en sentido gramatical) para que pase a indicarnos algo muy distinto y hasta contrario a lo que daba a entender la voz primigenia. Por ejemplo, partamos del vocablo progreso. Indica el avance o mejora de las condiciones de vida en una sociedad. Pero si lo convertimos en progresista se aplica ahora a las personas que se consideran de izquierdas, a las propuestas que hacen o los valores que sustentan. ¿Habrá que aceptar que la independencia de Cataluña es un progreso o un mero deseo progresista?

Tomemos otra voz inicial: ilusión. Normalmente transmite un sentido meliorativo. Se corresponde con una imagen o un deseo que forja la mente a título de ideal, de algo bueno que se puede realizar o conseguir. Pero un iluso viene a ser un individuo que se engaña al plantearse objetivos irreales o ridículos. Según eso, la República Catalana podría ser una ilusión de muchas personas que así creen que van a ser más felices, van a medrar mejor o pagar menos impuestos. Pero otras tantas podrían pensar que se trata de unos ilusos que han sido engañados por los ilusionistas o prestidigitadores encumbrados en la Generalidad.

Alguien puede pensar que el derecho de autodeterminación de Cataluña es un propósito con fundamento, esto es, con una base sólida, sensata, siguiendo el estereotipo del seny catalán. Claro que otros razonarían que se trata de la peregrina visión de los fundamentalistas o fanáticos del catalanismo político.

Los catalanes independentistas argüirán que lo suyo es un sentimiento, es decir, un estado de ánimo emparentado con el afecto, el amor a su nación "rica y plena". No hay por qué dudarlos en una cultura tan sentimental como la catalana. Pero un crítico podría objetar que, si se rascara un poco, aparecería el resentimiento ancestral de los catalanes, tantas veces acomplejados respecto a Madrit. Se traduce en una sensación colectiva de sentirse maltratados por una España hostil que les roba. Ya se sabe, cree el ladrón que todos son de su condición. Es notorio que el desarrollo de la Cataluña contemporánea se ha aprovechado muy bien del proteccionismo del Estado español.

De momento, la operación de desconectar a Cataluña de la nación española tiene mucho de engaño, al hacer creer a los catalanes que van a ser más prósperos con la República para ellos solos. No es nada nuevo en la Historia. Pero luego viene la realidad y aparece el desengaño, al percatarse de que las expectativas eran irreales.

De momento, los discursos de los mandamases en Cataluña pueden sonar interesantes a sus súbditos. Pero se podría pensar que esos voceros se están haciendo los interesantes, precisamente porque se sienten inseguros. En cuyo caso nos encontraríamos con la definitiva corrupción léxica: la democracia se ha convertido en demagogia.

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