Hambre de política

Amando de Miguel

A pesar del predominio atosigante del fútbol como espectáculo, no es verdad que nos encontremos ante una general despolitización del país. A los españoles nos gusta votar, y cuantos más partidos políticos haya, mejor. Para mayor contento, el fútbol aparece entreverado con la política . No solo el Barcelona es más que un club; todos los son un poco. En la FIFA hay corrupción política como en cualquier partido gobernante. Es algo que a sus dirigentes los hace humanos.

¿Cómo es que hay tantas vocaciones de candidatos para ocupar puestos de Gobierno en cualquier nivel? No parece ser coherente esa afluencia masiva con la idea generalizada de que la política quita tiempo para otras cosas, singularmente, "estar con la familia". Poco familistas suelen ser los políticos. Se agradecería que lo fueran un poco más. En los Estados Unidos se estila mucho la imagen de los candidatos con sus respectivos cónyuges. En España no ha entrado una costumbre tan sana.

Por definición, no todos los candidatos pueden llegar a puestos de Gobierno. Lo cual va a frustrar a muchos. La solución es un invento maravilloso: resulta que los que se quedan en la oposición también disfrutan de las amenidades del poder. Encima, cuando los gobernantes terminan su mandato saben que a lo mejor les espera una cómoda bicoca en algún consejillo de una gran empresa. Es lógico, mientras se hallan activos en la política pueden hacer muchos favores y desplegar muchos contactos. No me refiero a la corrupción, sino todo dentro de la ley.

Una salida sana a todo esto sería que los políticos pretendieran, no tanto los puestos de mando, sino disponer de una tribuna única para exponer sus ideas. Los debates parlamentarios no los sigue mucha gente, pero los diputados o equivalentes son llamados a participar en entrevistas, tertulias, mesas redondas y todo tipo de exposiciones en los medios. Ese sí que es un gran privilegio. Muchos no lo aprovechan, quizá porque no tienen nada que decir. Además, los políticos, cuanto más peroren, más riesgo corren. No hay cosa más penosa que oír a un político en esas ocasiones, en las que no tiene nada que decir más que defender a su grupo. El hombre (o la mujer, claro) solo repite sin imaginación lo que dice su jefe.

El político más inteligente y admirable es el que no busca tanto el poder como la influencia. Lo malo es que para una labor así hay que estar preparado. Ahí empieza el llanto y el rechinar de dientes. El político tiene muy poco tiempo para leer. Su trabajo consiste en estar permanentemente reunido. El político influyente que digo es una rara avis del universo público. Se le nota en seguida porque no se aferra a los lugares comunes. Es decir, no es políticamente correcto. Corre el riesgo de que lo orillen en esta carrera de fórmula 1 que es la política.

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