Hablemos de sexo

Amando de Miguel

A lo largo de mi dilatada vida profesional he levantado en España muchas encuestas de opinión de todos los calibres. De manera sistemática, destacandos variables que explican muy bien las variaciones en las actitudes y valores: el sexo y la edad. Ambos rasgos cuentan con la particularidad de que son adscriptivos, esto es, no se pueden cambiar. Bueno, en los últimos tiempos se expande la ideología de que el sexo puede elegirse alegremente y de que el envejecimiento puede retrasarse con tratamientos anti aging. Sin embargo, se trata de dos alteraciones forzadas, excepcionales y puede que traumáticas. Lo fundamental sigue siendo que el sexo y el estrato de edad al que pertenece el individuo condicionan grandemente la forma de pensar, de ver la vida. Se comprende, entonces, que las actitudes sobre asuntos esenciales sean tan difíciles de cambiar en la biografía de una persona. El deseo de ser coherente con uno mismo es el fundamento del repertorio de opiniones con el que uno se dispone a presentarse ante los demás.

La divergencia entre mujeres y varones respecto a su forma de pensar, de ver el mundo, es perfectamente compatible con el plausible movimiento hacia la igualdad jurídica entre los dos sexos. Sobre el cual se ha avanzado notablemente durante el último siglo. Es más, puede que el contenido actual de determinados cambios aceptados se encuentre más cerca del lado femenino de ver las cosas. Ahora bien, contrariamente a lo que ahora se estila, no hace falta ser mujer para entender el modo femenino de ver el mundo, ni para defender los derechos de las mujeres.

Como es lógico, la percepción de que en España son grandes las disparidades entre mujeres y varones es una opinión resueltamente femenina. Es evidente que a ellas les ha tocado la peor parte. La mayor desigualdad es que las mujeres que trabajan fuera de casa se preocupan de la crianza y bienestar de los hijos mucho más que los varones. También les toca más a ellas el cuidado de las personas enfermas o dependientes dentro del hogar.

Continúa funcionando el mito de que la mujer es el sexo débil en diversos terrenos. Por tanto, todos los esfuerzos públicos serán pocos para compensar tal debilidad. Ciertamente, hace un siglo la expectativa de años de vida femenina en España era menor que la masculina. Pero desde hace unos decenios la relación se ha invertido. Es decir, las mujeres viven más años que los varones. La brecha no solo no se reduce, sino que se amplía. La paradoja está en que durante la última generación (unos 30 años) las mujeres han adoptado muchas de las conductas de riesgo que antes eran resueltamente masculinas: tabaco, alcohol, conducción de vehículos, etc. Luego, efectivamente, se mantiene una gran discrepancia entre los sexos, pero en este caso a favor del femenino. Reconozco que no he encontrado una explicación sobre esta sorprendente disparidad.

Continuamente me refiero a "los dos sexos", lo que significa otra incorrección respecto a la moda vigente. La cual es, una vez más, una imitación de lo que proviene de los Estados Unidos. En ese país el sexo ha perdido su sentido de clasificación, para referirse más bien a la sexualidad, esto es, el placer erótico. En su lugar, como criterio de clasificación de los humanos, se habla resueltamente degénero, antes reservado a la gramática. El capricho obedece a la prevalencia de la moral puritana en los países de tradición protestante, por muy secularizados que se encuentren. Pues bien, la moda ha llegado a las costas españolas, donde resulta doblemente artificiosa. En la estructura de la lengua castellana no solo tienen sexo clasificatorio los humanos, los animales o las plantas, sino, analógicamente, casi todas las cosas. De ahí que nos refiramos con naturalidad a una clavija eléctrica, que puede ser macho o hembra. Parece una licencia que sí podría molestar a un europeo nórdico o a un norteamericano. Pues bien, la moda feminista imperante en España también hace ascos a la voz sexo cuando se refiere a la clasificación, para preferir la más modosa de género.

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