En España, solo hay derrotas

Amando de Miguel

Es una ley histórica: desde hace siglos, España ha perdido todas las guerras. En el interior de la España contemporánea, no ha habido, propiamente, victorias de nadie. La II República no triunfó; simplemente, asistió con deleite a la resignada derrota de la Monarquía y de su último bastión, la dictadura de Miguel Primo de Rivera. La guerra civil no significó el triunfo de Franco, sino que los republicanos se descompusieron por sí mismos. Aduzco la aportación, no de los "nacionales", sino el de un testigo republicano eminente, las crónicas noveladas de Manuel Chaves Nogales. El sevillano moriría en el exilio de Londres, seguramente, desengañado de su filiación republicana. Su descripción de las escaramuzas de la guerra civil es un crudo análisis de la incompetencia, la desorganización, el sadismo y el caos superlativo de las izquierdas.

El actual sistema de la Transición tuvo éxito, principalmente, porque el régimen anterior se liquidó a sí mismo. Los llamados "procuradores" de las últimas Cortes se hicieron el harakiri. La democracia bien establecida pretende forzar a la población a que olvide que la guerra civil la ganó Franco y que presidió 40 años un régimen personalista. Todo eso sucedió por el fracaso de la República.

Asistimos a una extraña constancia histórica, la que acabo de sintetizar. Fiado de la cual, me atrevo a pronosticar que el sistema de la Transición, maleado por el último Gobierno socialista-comunista-separatista se está consumiendo por sí mismo. La derecha, eventualmente reconstituida, no deberá cantar victoria antes de tiempo. Lo más probable es que la trimurti socialista-comunistas-separatistas se disuelva en un mar de confusiones y peleas personales. El Gobierno Sánchez, con sus mil asesores, no podrá resistir la ineficiencia, la corrupción y el amiguismo. Es un fantástico remedo del Frente Popular de la II República, una verdadera anomalía en el actual mapa político europeo, aunque con analogías en Iberoamérica.

Lo que se registra, de momento, es un decidido renacer de la terminología de los tiempos de la guerra civil. Así, los que, simplemente, no se declaran de izquierdas o progresistas, pueden ser tachados de "fascistas". Es una guerra léxica. Esa es la verdadera "memoria histórica", establecida por ley.

En el fondo, la autoderrota de la II República se debió a que sus gobernantes no supieron percatarse de la gran depresión económica, que se les venía encima. Otra reiteración es que, tampoco, el Gobierno actual sabe cómo superar la hecatombe económica y sanitaria. Encima, la consideran "recuperación" o (lo que es peor) "resiliencia". ¡Hay que ser burros!

La mentalidad típica del perdedor es el resentimiento, la cualidad que, mejor, nos distingue como pueblo. Se manifiesta, a través, de muchos dichos despreciativos: "Quiero y no puedo, mírame y no me toques, ahí te pudras, no sabe usted con quién está hablando, cada palo que aguante su vela, y salga el Sol por Antequera, no te fíes ni de tu padre".

Un rasgo común a todos los resentidos es que no admiten, fácilmente, su derrota; echan la culpa a otros. Al prójimo lo ven como contrincante, desconfían de la humanidad. Lo peor del resentido es que contamina las ideologías prevalentes; de modo particular, estas dos: el feminismo y el ecologismo. Ambas se manifiestan en su versión radical, la que va a las raíces, donde se entrelazan como en un manglar. Es, ahí, donde se produce la "transversalidad de género", entre otras confusiones léxicas de los actuales gobernantes.

A continuación