En defensa de los prejuicios

Amando de Miguel

No sé por qué tratamos de ocultar nuestros prejuicios, es decir, las apreciaciones previas al razonamiento, normalmente de carácter emotivo (ahora se dice "emocional"). Se traducen, por ejemplo, en que, en principio, y sin mayores averiguaciones, nos caen bien o mal ciertos individuos, comportamientos, símbolos, modos de pensar. Puede que nos dé vergüenza reconocerlo, pero es algo tan natural como bostezar o roncar, solo que varía mucho de un sujeto a otro, según haya sido su experiencia o incluso su dotación genética. Sobre esto último mi ignorancia es oceánica.

Si tuviéramos en cuenta los prejuicios se entenderían mucho mejor las polémicas, discusiones o debates de toda especie. Pongo una ilustración. La biografía de cada uno le lleva inexorablemente a mirar con simpatía o antipatía a todo lo relacionado con el castrismo cubano. Lo que se argumente después para aplaudir o rechazar la llamada "revolución" castrista será más bien irrelevante. Se halla determinado previamente por la emoción que le inspira el régimen cubano y sus fundadores. Para unos será una forma de despotismo o satrapía; otros lo verán como una liberación, un progreso. Ninguno logrará explicar racionalmente su rechazo o su afecto.

Quiero decir que las opiniones sobre asuntos controvertidos se gestan sobre un fundamento anímico que tiene mucho de irracional, incluso de visceral. Su función básica es el convencimiento de que el opinante tiene razón. Obsérvese el contenido de muchas conversaciones corrientes, por lo general insustanciales. El esfuerzo mayor de los dialogantes se resume en tratar de mostrar y demostrar que tienen razón. O lo que lo mismo, que algún otro, el contrario, está equivocado o su forma de pensar resulta por lo menos criticable y por lo más odiosa. Llama la atención el continuo esfuerzo que nos tomamos en justificar que tenemos razón.

Se impone el deseo universal de la coherencia. Por eso resulta tan arduo cambiar de opinión. Más difícil (ahora dicen "complicado") aún es el reconocimiento de que uno antes andaba equivocado. De ahí la rareza del acto de pedir perdón, disculpas o excusas en las costumbres españolas. Prima el deseo de "no enmendalla", según se decía en el castellano clásico. Se confunde una acusada personalidad con la obstinación.

La almendra de la cuestión consiste en explicar por qué nos caen mal, de entrada, ciertas personas o cosas. El asunto es bastante misterioso. Se podría argüir que son elementos del subconsciente, nada fáciles de controlar (ahora dicen "monitorizar"). Me inclino más por la simple apreciación de que tales emociones buscan la coherencia con lo que sienten las personas que nos merecen mayor estima. Claro que la explicación podría parecer más bien circular, o sea, por lo menos parcial.

El hecho indudable es que las opiniones que consideramos más personales, incluso originales, son solo una consecuencia cuasi mecánica de nuestra biografía auténtica. Por eso se reducen a prejuicios. Por ello no son despreciables, como no lo son nuestras vísceras.

En conclusión, no se puede vivir dignamente sin alma y sin prejuicios. A no ser que pretendamos pasar por desalmados o por pedantes. De todo hay.

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