Elogio de una lideresa de rompe y rasga

Amando de Miguel

Doña Irene Montero de Iglesias, elevada al nivel sublime de incompetencia, pasará a la historia de la literatura por haber dominado el meritorio arte de escandir versos, que no es moco de pavo. Dice así con este excelso pareado: "Sola y borracha/ quiero llegar a casa". Tal sonsonete se nos ha convertido en la divisa del jaranero movimiento feminista, dispuesto a transformar a las bolleras en sáficas. Los versos asonantados, epítome de la vulgaridad, bien puede servir para corearlas en las manis mujeriles, alegres canéforas orladas de violeta. El único problema es que va a ser difícil cohonestarlos con las otras consignas de "si bebes, no conduzcas" y similares. La apología etílica ya no se estila en estos tiempos neopuritanos.

Hay que tener mucho respeto por el auténtico y primordial feminismo, que importara de París hace más de un siglo la insigne escritora doña Emilia Pardo Bazán. Fue la envidia de los académicos barbados de su tiempo. Después de un siglo y degenerando, se ha llegado a esta farsa del mujerío arrabalero, un auténtico Producto Interior Bruto de la nación. En el entretanto lo que ha ocurrido es el verdadero progreso de las mujeres españolas, paso a paso, en todos los órdenes de la vida. Los varones son también beneficiarios de tales avances. Profesiones enteras se han feminizado (profesores, jueces, médicos, abogados del Estado, etc.). Lo de preparar los temas de las oposiciones lo saben hacer mejor las féminas de todos esos conjuntos profesionales. Para cada uno de ellos admítase con naturalidad el género femenino (que es cosa distinta del sexo femenino) cuando lo imponga la realidad. Ya se dijo siempre que la Virgen María era "abogada nuestra", y la del Pilar "capitana de la tropa aragonesa". Pero manténgase el femenino genérico, que tal cosa no indica sino tradición y economía de palabras. Por cierto, economía (género femenino) es el "gobierno del hogar", lo que siempre ha sido una noble tarea del ama de casa. Ojalá la aplicaran con la misma diligencia los que dirigen la economía nacional, esto es, los integrantes del Gobierno feminista. Podríamos decir ‘gobernanza’, para cumplir con las exigencias del lenguaje inclusivo, que no inclusero.

La marquesa de Galapagar, paradigma de la ordinariez, arrabalera de postín, árbitro de la nesciencia, a quien guarde Dios muchos años, va empuntada a ser presidenta del Gobierno. Es decir, literalmente, "la que se sienta al frente" del colegio correspondiente. No hace falta que aprenda a escribir. Ya es tarde para ponerse a tan tediosa labor; incompatible, además, con la conciliación familiar. Esa carga de presidir la gobernanza de la nación se sirve de una pendolista. Es la que sabe poner las tildes y las comas en los textos que emanan de la Presidencia del Gobierno. Lo más difícil es la diéresis y el punto y coma. Da lo mismo que sean discursos, memorias o tesis doctorales. Buen cuidado tendrá la pendolista de que no la confundan con pendeja. Si cumple, bien le valdrá una Dirección General, aunque sea de artes marciales.

Por si fuera poco, vistas las estadísticas, doña Irene se nos ha hecho madre de prole numerosa; honor a la fecundidad. Un premio merecería por tal heroico servicio a la nación. Aunque me permito un consejo: no hace falta que exhiba en público al último rorro, ni que apague las velas de la tarta cumpleañera en el telescópico despacho ministerial. Luego queda el detalle de que en el Ministerio de Igualdad debe haber una equiparación por sexos en los puestos de la alta dirección y oportuno asesoramiento. Tronca, hay que refinarse un poco más.

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