El virus de nunca acabar

Amando de Miguel

No es verdad. El dichoso virus, de origen chino, acabará por desaparecer cuando se canse de mutar o haya cumplido su desconocido ciclo biológico. Le falta, solo, unas pocas letras griegas. Hasta que llegue ese término natural, la enfermedad se muestra prácticamente incurable; cosa que nadie quiere reconocer. Lo que está más claro es que este fenómeno de la atroz pandemia es el gran tema de conversación de todo el mundo.

Una sociedad como la nuestra, que tanto presume de la centralidad de la investigación científica, no puede aceptar que la enfermedad no se puede curar o prevenir. Por eso, a la pandemia del virus chino se la etiqueta de una forma estúpida: "cóvid-19". Por si fuera poco, a un alto cargo político le acabo de oír lo del "ámbito cóvid", que es de risa.

Ante las dolencias sin terapia definitiva, se alzan multitud de remedios mágicos, panaceas. En este caso, funcionan así las famosas vacunas. Las autoridades sanitarias no parecen confiar mucho en el carácter infalible de las vacunas pues aconsejan complementarlas con otros procedimientos. Se superponen mascarillas, confinamiento, control de los actos multitudinarios, antivirales varios, pruebas mil, nuevos refuerzos y versiones de las vacunas, etc.

Lo que va quedando claro es que la famosa "inmunidad de rebaño", con el 70% de la población adulta vacunada, ha sido un engaño. Por lo menos, ahora sabemos que ha funcionado más como un ardid político que como una fórmula científica. El hecho es que la epidemia no remite cuando se vacuna a un alto porcentaje de adultos o se añaden los niños. A ver quién explica el siguiente dato, que desafía la lógica científica elemental. En el último mes, y con un parecido nivel de vacunación para todas las regiones españolas, resulta que Navarra o el País Vasco dan un índice de contagio tres veces superior al de algunas otras regiones.

En esto de las vacunas ha funcionado el mecanismo que los sociólogos llaman "consecuencias no anticipadas de los hechos sociales". Es decir, conseguida una notoria mayoría de vacunados, las sucesivas olas de contagios parecen seguir sus trayectorias ondulares con toda tranquilidad. Cierto es que las nuevas infecciones afectan más a los no vacunados, pero no lo es menos que también las sufren algunos vacunados. La "consecuencia no anticipada" es clara. Sencillamente, los vacunados son más conscientes del mal colectivo y se disponen a cumplir, con mayor diligencia, las otras medidas de prevención. Se pueden citar: el uso constante de las mascarillas, el mantenimiento de una distancia física en las interacciones, evitar los actos multitudinarios, etc. En el fondo, se trata de una conducta que los enfermos de distintas patologías siguen, mecánicamente, al lado de la administración de los medicamentos prescritos. Tal ingesta funciona, también, como una especie de "placebo", de convencimiento psicológico para cuidarse por todos los medios. No es el menor guardar cama, aislarse todo lo posible, higiene, buenos alimentos y recibir el cariño de los cuidadores.

No es por desanimar, pero en esto de la pandemia del virus chino nos encontramos como en las pestes de la antigüedad. Su curación relativa consistía en sumar todos los medios preventivos posibles, fundamentalmente el aislamiento. Como es lógico, el confinamiento en el domicilio era algo hacedero solo para las clases nobles. Es lo que se llama el síndrome de Giovanni Boccaccio, por los florentinos que se encerraron en la villa del señor, a contar cuentos, hasta que pasó la peste de 1348. Solo que, ahora, esta solución se hace inviable. La sociedad y la economía actuales constituyen una tupida red de continuas interacciones. Habría que parar los trenes, coches, barcos y aviones en todo el mundo para lograr el confinamiento radical, cosa imposible. Por tanto, nos tenemos que apañar con sucedáneos, soluciones parciales y episódicas, de carácter simbólico.

La epidemia del virus chino costará varios millones de fallecidos en todo el mundo, el equivalente de una especie de III Guerra Mundial silenciosa.

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