El primer drama de la humanidad

Amando de Miguel

El primer drama, cronológicamente hablando, fue el de Caín y Abel, por lo menos en la historia de nuestra cultura occidental. Realmente nació en Oriente, pero esa es otra cuestión. Lo característico de nuestra especie (Homo sapiens) es una violencia continua, pero no tanto contra los extraños o depredadores sino contra los cercanos. Llama la atención entre los humanos la violencia y la crueldad entre miembros de la misma familia. Ahora se añade la extravagancia de que los hijos menores ejercen la violencia, incluso extrema, contra los padres. De parecida calaña moral es el fenómeno del acoso escolar, otra vergüenza.

Es fácil concluir que en el último siglo se ha producido una creciente violencia entre las naciones o dentro de ellas como consecuencia del uso de medios cada vez más eficaces para matar. Pero algunos fenómenos degradantes, como el terrorismo, no se apoyan en la disposición de medios más efectivos para liquidar al adversario. Lo que cuenta cada vez más es el sentimiento de odio, que lleva a destruir al adversario por ser diferente o creerlo culpable de todos los males. El odio supone la negación del sentimiento de culpa, sin el cual no es posible la civilización.

En la España actual no es muy notable la violencia física contra las personas. La excepción de las mafias o el crimen organizado se lleva a cabo principalmente por extranjeros. Me cuenta mi cuate Francisco José Alonso un reciente suceso espeluznante. Se trata de un pacífico matrimonio de octogenarios. Un aciago día se encuentran con que en su piso ha entrado una banda de los llamados okupas. Toman posesión de la casa por la fuerza. Exigen unos miles de euros a la pareja de octogenarios para que puedan llevarse algunas pertenencias. Se ríen de la apelación a la policía y a los jueces que hace el desgraciado matrimonio. Los miserables okupas alardean de que las instancias judiciales o policiales no se toman en serio estos casos de latrocinio. Por lo visto, las directrices políticas van en la dirección de inhibirse de tales atropellos. Se supone que los okupas son personas que necesitan perentoriamente una vivienda para emanciparse de sus padres. Nos encontramos ante una cínica interpretación del tradicional hurto famélico. Solo que ahora se trata más bien de un robo con alevosía. No se cae en la cuenta de que se trata de una infame manifestación de violencia.

Lo grave del asunto de los okupas (sostenidos por un partido político) es que significa el enaltecimiento de la envidia, del resentimiento social. De tal modo es así que el Estado renuncia tácitamente al monopolio legítimo de la violencia. Nos encontramos ante la exaltación simbólica de Caín, el mítico patrono del populismo andante. Ya es aberrante paradoja que tales acciones se manifiesten en nombre del progreso, la igualdad y la democracia participativa. Eso es lo que se llama inversión de valores. No parece preocupar mucho. El fútbol todo lo tapa. El crecimiento del PIB todo lo justifica. Mientras tanto, la casa sin barrer.

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