El oscuro temor a las etiquetas onomásticas

Amando de Miguel

Algunos lectores escrupulosos me reprochan el adjetivo onomástico o de relación que yo doy al virus pandémico que nos asola, llamado en inglés "coronavirus", como también se dijo "ebolavirus". (En inglés el adjetivo va delante). Yo lo etiqueto como "virus chino" o "de China", una calificación descriptiva por su origen. Pero he tropezado con un tabú. El uso de un nuevo gentilicio o un antropónimo se interpreta como un pecado cívico, próximo a la xenofobia, o peor, como un atentado contra la intimidad o los derechos humanos. Estamos aviados.

Cierto es que los adjetivos onomásticos, los gentilicios epónimos o antropónimos pueden utilizarse con un ánimo afrentoso, como una contumelia degradante. Mas no es el caso del dichoso virus, procedente de la República Popular China. No me satisfacen los marbetes oficiales de "coronavirus" o "covid-19". Los virus corona constituyen un genérico. En su lugar, el uso de los gentilicios que propongo supone una riqueza del lenguaje, que todo el mundo puede aprovechar.

Es más, el español universal permite gentilicios con variaciones diferentes según el lugar que corresponda. Un "santiagués" es el que se asocia con Santiago de Compostela (España), pero un "santiaguino" proviene de Santiago de Chile o un "santiagueño" cuando se refiere a Santiago de Cuba. "Isabelino" es una etiqueta que se asocia con los reinados de distintas Isabeles de Inglaterra o de España.

El sentido despectivo, aunque gracioso, se encuentra en la interpretación popular mexicana de las siglas "D.F." con las que se califica a los habitantes de la ciudad de México (Distrito Federal). Sus vecinos las traducen como "defiéndete fuereño" (el que procede de fuera de la ciudad).

El sentido denigratorio se utiliza para relacionar una conducta tachable con un pretendido origen geográfico. Por ejemplo, la vergonzosa sífilis se entendió, en la vieja Grecia, como "morbo corintio"; en la Europa tradicional como "morbo gálico" (francés), "morbo italiano" o "sarna española".

A veces, el gentilicio proviene de un error. El mineral "aragonito" se descubrió en Molina de Aragón, una localidad de Guadalajara. Los sabios alemanes que lo analizaron para la ciencia supusieron que el lugar pertenecía a Aragón.

En el mundo sanitario son muchas las atribuciones de las dolencias que se asimilan con un nombre con mayúscula: fiebres de Malta, virus del Nilo, virus de Ébola (un río del Congo, donde apareció por primera vez), síndrome de Asperges, baile de San Vito (convulsiones), enfermedad de Alzheimer o de Parkinson, síndrome de Down (mongólicos), enfermedad de Addison, daltonismo (del médico John Dalton), complejo de Edipo. En México a la diarrea se la llama irónicamente "venganza de Moctezuma", porque ataca a los extranjeros. En algunos casos, el sentido denigratorio pasa a ser descriptivo o, incluso, meliorativo. Por ejemplo, el "lesbianismo" (homosexualismo femenino), por la poeta Safo de Lesbos. Por cierto, estaría mejor llamarlo "safismo".

El origen de ciertos fenómenos sociales determina el troquelado de los adjetivos correspondientes. Véase en "chicano" (mexicano o hispano en los Estados Unidos), "gitano" (de Egipto), "sefardí" (judío oriundo de España o Portugal). Bien es verdad que tales atribuciones se pueden utilizar con ánimo ofensivo, pero el pecado está en el que así los profiere con tal intención. También pueden ser términos simpáticos.

Nadie puede ofenderse porque lo consideren "pícaro" (originario de la Picardía francesa) o "punto filipino", que es algo parecido. Una bebida muy popular es el bloody mary, asociada inicialmente al nombre de la reina María de Inglaterra, que masacró a sus adversarios. Atentos al deje de la voz bloody, que, en inglés británico de la calle, significa algo así como "jodido, puñetero, maldito"; literalmente, es solo "sangriento". En castellano, parece una asociación absurda, pero la combinación alcohólica, lanzada en París en los años 20 del siglo pasado, se ha hecho universal. Ya no adhiere un propósito insultante.

Reconozco que la cantinela del "virus chino" puede resultar ofensiva para un escrupuloso, pero tiene su explicación. No es solo que el misterioso virus se originara en la República Popular de China. Se trata de un país sometido a un régimen totalitario, lo que supuso que se negara a dar información sobre la nueva enfermedad. Tal oscurantismo hizo que la epidemia se hiciera pandemia, con las nefastas consecuencias para todo el mundo. Así pues, la etiqueta de "virus chino" se halla bien merecida.


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