El motín general pacífico

Amando de Miguel

Hay que reivindicar la grandeza democrática de la institución del motín. Se define en el diccionario como "un movimiento colectivo de protesta, de ámbito limitado, en forma tumultuosa y violenta, espontáneo, contra una autoridad". Podría mejorarse la definición si el tumulto no es violento y si la autoridad pierde la facultad de ser legítima por el ejercicio. El motín no llega a ser una revolución o una insurrección, pero puede precipitar cambios políticos de alguna entidad. Digamos que es una especie de ultima ratio cuando las otras instancias de cambio democrático resultan fallidas.

Estalla el motín cuando la autoridad competente (por ejemplo, un Gobierno democrático) ejerce el poder con demasiados tics autoritarios. Históricamente, el caso más sonado fue el motín de Esquilache (‘el sombrero de tres picos’, inmortalizado en la literatura y en la música). La demasía no tiene por qué llegar al recurso de la represión extrema; basta con la persuasión desmedida a través de la propaganda, del control sobre los periodistas lacayos.

Un motín actual puede empezar por algo tan anecdótico, liviano y pacífico como una cacerolada. Se utilizan estos dos símbolos de protesta: (a) el ruido sistemático con la percusión de objetos contundentes sobre las cacerolas u otros objetos de metal: nuestros mayores utilizaban cencerros para fines parecidos; b) la exhibición de la bandera nacional, que, por lo visto, irrita a la izquierda.

Lo de la bandera nacional como protesta es cosa única en España, donde se puede lucir la bandera de la II República o la de la Unión Soviética sin que nadie se altere. Sin embargo, llevar la bandera nacional puede resultar provocativo. El hecho es que oficialmente no hacen uso de ella las autoridades de Cataluña o del País Vasco; tampoco la lucen la mayor parte de los partidos políticos en sus asambleas. Ahí se ve por qué una manifestación motorizada con banderas nacionales puede llegar a ser una provocación para un Gobierno de izquierdas. La propaganda oficial podrá silenciar el hecho, pero entonces se repetirá una y otra vez con creciente participación.

La verdad es que la Historia se repite como farsa, como dijo el clásico. El Gobierno que padecemos hoy (no hace falta decir "a día de hoy", como tantas veces se oye) es una mímesis del Frente Popular de 1936. Esto es, la conjunción de socialistas, comunistas y separatistas. No habrá que extrañarse, pues, de que las caceroladas y las caravanas motorizadas, agitando banderas españolas, constituyan un nuevo género de protesta política, un motín pacífico.

Es una lástima que la iniciativa de Vox para la manifestación motorizada contra el Gobierno no haya sido secundada por el PP y Ciudadanos. En cuyo caso, como a la naturaleza política le horroriza el vacío, Vox queda simbólicamente como la única oposición al Gobierno. Es un Gobierno en extremo ineficiente, tanto en la gestión de la pandemia del virus chino como en la prevención del paro gigantesco que se nos amenaza. Es también un Gobierno mendaz (no simplemente mentiroso, que esa es cualidad individual), por el abuso de la propaganda desplegada a través de los numerosos medios subvencionados. Es, por último, un Gobierno antiespañol, dispuesto a desmembrar del todo la ya debilitada unidad nacional.

Esperemos que el Gobierno tome nota y al menos decida transformarse en una suerte de Gobierno de concentración nacional o algo parecido. Será la única manera de resolver un poco la hecatombe económica que se nos echa encima. Lo de la pandemia ha sido solo el preludio de la magna sinfonía heroica que nos espera.

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