El modelo futbolístico de la política

Amando de Miguel

Tranquilos. No amenazo con la glosa de "El origen deportivo del Estado", de Ortega y Gasset. Lo mío es más a la pata la llana. Simplemente, trato de vislumbrar la similitud formal que pueda haber en España entre la política y el fútbol.

Ambas instituciones de fervores masivos se montan como grandiosos espectáculos, los que atraen más espectadores. Las dos manejan la voz partido, naturalmente con significados muy distintos. Expresiones típicas de las crónicas deportivas, como "desde el minuto uno", "remontada" o "queda mucho partido", son comunes también en los comentarios políticos. Siendo dos profesiones tan difíciles de representar con éxito, asombra que no haya ninguna escuela donde se enseñe a ser futbolista o político.

En ambos dominios se grita y se aplaude mucho, se seleccionan ídolos. La clave está en que las dos competiciones exigen el modelo que se llama de suma nula, esto es, si uno gana, el otro pierde. Tal dualidad excluyente proporciona un inmenso placer colectivo y, correlativamente, también grandes desengaños. La razón es que los respectivos partidarios conjugan el verbo ganar en primera persona del plural. Eso es algo que relaja mucho. Lo de perder, no tanto.

La semejanza formal que digo adquiere su máximo esplendor para la política en la campaña electoral. Es el momento en el que la ciudad entera se rellena de carteles o banderolas con las efigies de los pichichis de cada partido político. Por cierto, vergüenza ajena da el crimen del Photoshop que convierte los rostros de los candidatos en sus respectivos fantasmas.

Los debates de la campaña electoral vienen a ser los derbis o los clásicos de la política. Los partidos políticos se juegan la final el día de los comicios. El espectáculo de los debates se plantea en términos deportivos: se trata de saber quién resulta ganador. La ventaja de la política es que no hay un resultado objetivo. Así pues, todos pueden considerar que han ganado. Eso es así incluso con los resultados del escrutinio electoral.

Los socios o simpatizantes de los clubes de fútbol se atienen a estrictas reglas no escritas. Por ejemplo, no pueden pertenecer más que a un club y se valen de símbolos de identificación (himnos, banderas, colores, bufandas, etc.). Es algo necesario para poder hablar en términos de nosotros. No es fácil cambiar de un club a otro. Lo fundamental es que su adhesión permite proyectar las frustraciones, prejuicios y miserias personales sobre los seguidores del club contrario. Pues bien, ese mismo esquema se reproduce en el caso de los partidos políticos. La conclusión es que con una válvula de escape tan poderosa como la militancia política o la deportiva se consigue un alto grado de integración social. No importa el coste de una cierta violencia (que no suele pasar de verbal) en ambos casos. Es una forma de desplazar otras más dañinas.

Los medios de comunicación no podrían subsistir sin estos dos grandes contenidos: fútbol y política. No es capricho sino necesidad. Tampoco son intereses o aficiones excluyentes.

La miseria de las dos instituciones es el forofismo en el fútbol y el fanatismo en la política. Se trata en ambos casos de sobrevalorar lo propio y rechazar lo ajeno hasta el extremo del ridículo. Pero no hay ningún tribunal que lo juzgue.

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