El mito de la España violenta

Amando de Miguel

Aunque no se reconozca, el hecho es que los españoles de hoy son poco violentos. Entiendo por violencia ocasionar un mal injustificable a personas, animales o cosas. Ahora se nos ha metido en la cabeza colectiva que odiar o despreciar es también una forma de violencia, pero me parece una presunción equivocada. Se acepta con naturalidad el delito de odio (a las mujeres, los homosexuales, los judíos, los musulmanes, etc.), pero entiendo que se trata de una aberración. El delito es una acción que daña injustamente; no basta con expresar un sentimiento.

Cierto es que algunos casos de violencia extrema (terrorismo, parricidio, estragos, etc.) se airean mucho en los medios, pero eso no indica que sean más frecuentes, que vayan a más. Por ejemplo, la llamada "violencia de género" (se entiende, contra el género femenino) en España acusa una incidencia menor que en la mayoría de los países europeos. No solo eso; los casos de violencia extrema sobre las mujeres son cada vez más raros; desde luego, son mucho menos frecuentes que los fallecidos en accidentes de circulación. Se suele ocultar un dato significativo, a saber: en los sucesos de uxoricidio (que es el término preciso para lo que se llama "violencia de género" o "violencia machista"), una alta proporción de los asesinos son extranjeros.

Pero, entonces, ¿por qué la opinión pública está convencida de que el uxoricidio es un suceso más frecuente que en los países vecinos o que en épocas anteriores? Muy sencillo. Hay fuertes intereses ideológicos en juego para sacar algún beneficio de ese error de percepción. El cual se magnifica todavía más al extenderse la creencia de que el Estado puede erradicar esa lacra. Como si eso fuera posible. Pero se firma nada menos que un pacto de Estado para tal fin. Que consiste básicamente en canalizar una ingente cantidad de dinero público hacia los colectivos feministas o equivalentes, siempre de izquierdas. Hay que descubrirse ante una maniobra política tan sagaz.

Hay otras formas de violencia a las que no se les concede mucha atención pública. Por ejemplo, a la que se ejerce contra los viejos dependientes o discapacitados (ahora se dice "personas mayores con capacidades diferentes") por parte incluso de los familiares. A veces la causa es tan sórdida como acelerar el tránsito por este mundo para cobrar la herencia. Naturalmente, sobre ese particular no existen estadísticas ni nada que se le parezca. Es un triste hecho que sobre los asuntos de especial interés para la población no se suelen levantar estadísticas. En cambio, se nos comunica con la mayor precisión cuánto ha variado este trimestre el PIB (el valor de la producción), un dato más falso que Judas.

En contra del estereotipo, ¿por qué es tan escasa la violencia en España? Quizá porque estamos vacunados contra ella después de la última guerra civil, sus antecedentes y consecuencias. Eso sí que es memoria histórica. Por cierto, la famosa memoria histórica de los textos oficiales consiste en ensalzar la violencia de los de un bando político y ocultar la del otro bando. En donde se demuestra que a lo mejor hemos dejado de ser violentos, pero nos hemos hecho cada vez más hipócritas.

La tradición violenta no desaparece; se transforma. Los pacíficos españoles del montón se solazan con series, películas y juegos electrónicos extremadamente crueles. Los más ilustrados lo hacen con las magníficas novelas de Arturo Pérez Reverte. A través de esas proyecciones se satisface un poco el reprimido espíritu de Caín que los españoles llevamos en los genes.

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