El envidiable éxito del PNV

Amando de Miguel

Se equivocan los partidos políticos cuando concentran todos sus esfuerzos en llegar al poder, incluso aunque sea formando coaliciones. El empeño es tan arduo que realmente no existe ningún partido con las mismas siglas en todas las regiones. El éxito verdadero lo tiene la fórmula del PNV. Basta con obtener una mínima representación en el Congreso de los Diputados, aunque en ningún momento se propongan defender a todos los españoles. Ya se ha visto que con ello basta y sobra para condicionar la política del Gobierno, sea cual sea. Al final, quien se impone verdaderamente es el PNV. Su misión es clara: asegurar que los residentes en Euskadi paguen menos impuestos que el resto de los españoles. "Libertad, igualdad y fraternidad", sí, pero para el txoko. Solo así se consigue, por ejemplo, que se aprueben los llamados Presupuestos Generales del Estado. Así, un año tras otro. Es un caso admirable de constancia política.

El éxito del PNV se debe formalmente a la ley electoral, que produce una extrema fragmentación política en las Cortes. Se ha hecho imposible que haya un partido con mayoría absoluta. Incluso aunque se diera el caso, el Gobierno resultante se cuidaría mucho de mermar los privilegios de los vascos. Se podrá decir que son historia, pero se trata de una historia relativamente reciente y con un efecto constante. Se diseñó hace más de un siglo para terminar la última guerra carlista. El acuerdo de la Restauración lo suscribieron todos los Gobiernos y regímenes que hemos tenido en España hasta la fecha: monarquía, república, franquismo y democracia. Esa ha sido nuestra verdadera Constitución histórica. De ahí que los nacionalistas vascos no pretendan realmente la independencia de su país; viven mucho mejor con el estatuto vigente, aunque sea una norma no escrita. Una sola ilustración: el territorio de las tres provincias vascas juntas cabe en el mapa de Madrid. Pues bien, en el País Vasco hay tres aeropuertos.

Se dirá que el PNV es un factor de disolución de la democracia española. Nada de eso. Lo que de verdad han ambicionado los "jelkides" (los fundadores del PNV y luego sus herederos) es lo que ahora tienen. Ya podrían aprender la lección los nacionalistas de otras regiones, especialmente los catalanes, tan poco prácticos. (Un paréntesis erudito. La jota de jelkides es nada menos que la inicial de Dios en vascuence: Jaungoikoa o "Señor de lo alto". La bandera del partido se diseñó para que se superpusieran dos cruces. Ahora es la enseña del País Vasco. Es muy raro en Occidente que un partido político se encomiende a Dios de esa forma).

Tan resultona parece la fórmula del PNV que se podría aventurar su exportación a otras regiones, sobre todo las que cuentan con dos lenguas. Entre las cuales se pueden incluir ya el bable y el guanche. Dado que la raza vasca se halla extendida venturosamente por toda España, bien podría constituirse una franquicia del PNV en los demás Parlamentos regionales. A cambio del voto decisivo de ese minúsculo partido, se obtendrían muchos privilegios, por ejemplo, para los vascos residentes en otras regiones, que son legión. Bastaría con tener un apellido de raigambre eusquérica entre los cuatro primeros para que se pudieran acoger al derecho a pagar menos impuestos y obtener más subvenciones públicas.

Es tal el éxito del PNV que es el único partido en el poder que no presenta casos de corrupción apreciables. Por algo es el "Partido del Señor de lo Alto", que es lo que significan sus siglas. Bien podrían aprender las demás formaciones políticas de la España visigótica, tan mundanas y pegadas al terreno.

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