El desencanto de esta política

Amando de Miguel

El bienestar del vecindario (que llaman “ciudadanía”) depende poco de lo que decida el Gobierno, que es, aproximadamente, lo que emana de las Cortes. (También es curioso que cortes, en castellano y en catalán, corts, quiere decir “corrales para el ganado”). Es decir, al menos, esta política, la que estamos viviendo, influye poco en la vida cotidiana de la población. Sin embargo, algo tiene, que nos fascina. Nos encantan las imágenes de los gobernantes y escudriñamos los detalles de sus vicisitudes. Un alto cargo cualquiera, delante de una cámara de la tele, se transfigura en una especie de profeta bíblico. Sus palabras, sus gestos, su atuendo son analizados como si fuera señales misteriosas.

Cuidado que a mí me ha interesado siempre la política, y más específicamente, la que decide el Gobierno y critica la oposición, pero no acaba de entusiasmarme del todo. Soy el niño que logró ver al emperador desnudo. Me consuelo al pensar que es esta política la que llega a hastiarme, pero tampoco alcanzo a ver las posibilidades de la otra, la ideal. Cavilo que, si en lugar del PSOE, gobernara el PP, el resultado no sería muy distinto para el vecindario. Tendría que producirse una alteración revolucionaria para que el cambio fuera significativo. Pero las revoluciones y contrarrevoluciones en España no han traído más que violencia, miseria y desengaños. Una cosa es cierta. No se conoce ningún gobernante, en España, bajo los más diversos regímenes, que haya terminado su mandato con un mediano pasar. Antes bien, el individuo adscrito a un Gobierno, sea cual fuere según el signo ideológico, ha conseguido una mejora sustancial de su posición económica. Tal ascenso fulgurante, muy por encima de lo que se consigue como media nacional, supone mucho más de lo que traduce su sueldo o su retiro.

Reconozco que la sociedad española ha experimentado un indudable progreso en casi todos los órdenes de la vida, a lo largo de las dos últimas generaciones. Pero está por demostrar que tales avances sean consecuencia de la acción de los gobernantes. (Es curioso que a sus acciones se las llame “actuaciones”, un término asociado al teatro).

Aun suponiendo algún grado de mejora en la vida cotidiana de los españoles como consecuencia de las decisiones de los Gobiernos, el resultado es que la operación nos ha salido demasiado cara. No hay más que constatar la evidencia: en todos los Gobiernos de las dos últimas generaciones se han registrado casos llamativos de corrupción. No se excluye a los jefes de Estado y a sus próximos. Son hechos, no opiniones. A partir de Adolfo Suárez, se perdió la tradición secular de que los jefes de Gobierno escribieran artículos o, incluso, libros.

Preciso es reconocer que la evidencia del aprovechamiento particular de los hombres públicos desconcierta o desmoraliza al contribuyente medio. Cabe, siempre, la esperanza, la ilusión, de que puede haber “otra” política más equitativa. Es una cuestión de probabilidad. Tal como van las cosas, puede ocurrir un notorio desgaste del doctor Sánchez. Pero, en tal caso, le sucedería el doctor Iglesias, el Guatepeor. Más sensato sería el turnismo, que significaría el Gobierno de Casado. Pero dudo de fueran a mejorar las cosas, con tal reparto de caracteres, en la representación de la política. Cabrían otras opciones de mando, pero resultan aún más lejanas o improbables. Comprenda, señora, mi desencanto.

Claro, que mi opinión es una gota de agua en el mar. Alguna de las opciones dibujadas alegraría a muchos secesionistas vascos, catalanes, etc. Por lo mismo, supondría una alegría súbita en las tropas de Unidas Podemos. Tampoco, les iría mal a ciertos grupos de influencia, como los feministas o a las bandas que trafican con los inmigrantes. Pero, sigue habiendo un gran trecho hasta conseguir la mejora real del bienestar de los españoles en su conjunto. Por tanto, permítaseme una actitud de cauteloso pesimismo, que es lo mío. Me consuela pensar que se suele considerar como un indicio de inteligencia.

Puede ser, también, que los españoles pidan al Gobierno más de lo que este puede conseguir. Pero uno esperaría algo más de valor cívico por parte de las clases ilustradas para promover otro estilo de hacer política. Claro que, mientras el fútbol sea fútbol (aunque sin espectadores presenciales) lo de la política quedará solo para unos pocos literati. Después de todo, es una forma de estabilidad. ¿Qué vamos a hacer?

Uno de los cambios sociales más admirables de las dos últimas generaciones ha sido la tendencia a la igualación de las mujeres con los varones, al menos en la parte educativa y profesional. Resulta paradójico que ese cambio se haya producido a pesar de las excentricidades del feminismo radical. La clave ha estado en la incorporación masiva de las mujeres a los estudios universitarios. Los cuales, quizá, no proporcionen mucha ciencia, pero sí un estilo de vida más independiente.

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