El animalismo, la última forma de estupidez

Amando de Miguel

Por una vez y que sirva de precedente, descenderé al caso particular, que no es solo individual. Resulta que vivo en una hermosa urbanización en la sierra de Madrid. No me quejo; ha sido una elección muy pensada, la de invertir todos los ahorros de una larga vida de trabajo en esta casa de mi propiedad. Por ese lado, todos contentos, excepto que el IBI me parece leonino. Perdón si el adjetivo pudiera herir la sensibilidad de los animalistas. El mismo ayuntamiento que nos exige un impuesto tan injusto (realmente confiscatorio), luego se llama andana a la hora de asfaltar las calles de la urbanización o de vigilar la seguridad. Todo eso lo tenemos que pagar los vecinos.

Pero ahora surge un nuevo problema. Sea por el cambio climático o por las restricciones de la caza, el hecho es que los jabalíes, que habitan en el Parque del Manzanares cercano, han decidido darse una vuelta por la urbanización al filo de la media noche. No es uno, ni dos, ni una camada. Bajan del monte en piaras enfurecidas, dispuestas a hozar los jardines a placer, destrozando todo lo que les apetece. Ahora comprendo por qué los franceses consideran al jabalí "la bestia negra". De nada sirve quejarse al Ayuntamiento o a la Guardia Civil. Los jabalíes, como otros muchos animales salvajes, se hallan protegidos. Ni pensar en organizar una batida para cazarlos. Mucho menos, poner venenos. Todo eso atenta contra el credo animalista que rige en nuestra sociedad. El cual sostiene que los derechos de los animales son superiores a los de los humanos.

Me parece muy tierna y loable la disposición de mantener animales domésticos. Pero, en el momento en que estamos, me parece que se dedica a ellos una fracción demasiado elevada de los gastos familiares. Es claro que las mascotas son un buen indicador del grado de civilización de una sociedad. Pero todo tiene un límite. No todos los animales o el resto de los seres vivos son personas. No estaría mal que se pensara en la prioridad que debemos al cuidado de los seres humanos, centrando la atención en los recursos de cada país.

La ideología animalista es la última excrecencia del ecologismo, así llamado por mal nombre. En España no constituye un partido político, porque prefiere influir en todos. Realmente lo consigue. Me da la impresión de que, en contra de la leyenda vigente, en España hay cada vez más animales salvajes. Algunos de ellos pueden llegar a ser peligrosos o molestos. Pues nada, hay que fastidiarse en aras del credo ecologista.

Una forma benévola de ecologismo animalista es el vegetarianismo: no hay que alimentarse de carne, porque los animales son seres vivos. Por tanto, comerlos vendría a ser una especie de canibalismo simbólico. Algunos extreman la abstinencia a los huevos, la leche o el pescado. Una prescripción tan radical puede atentar contra la salud pública, pero ay del que ose criticarla. Se supone que es más respetuosa con la naturaleza. Pero es que los vegetales también son seres vivos. El hombre es un animal más (se supone que inteligente) y se da cuenta de que, para sobrevivir, necesita alimentarse de otros seres vivos. Los vegetales no pueden constituir una dieta completa para que el cerebro humano pueda seguir pensando. Hace varios millones de años nuestros ancestros bajaron de los árboles y se extendieron por las praderas y sabanas. Allí había pocos frutos. Se atrevieron con la carne; primero, con animales pequeños y con la carroña que dejaban los grandes mamíferos. Así pudo continuar la evolución.

En esto como en todo, alguna vez se impondrá el sentido común. Pero mientras tanto se acumula mucho sufrimiento innecesario. Esa es mi queja, por si pudiera servir de algo.

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