Deportes de algo riesgo

Amando de Miguel

Todos los deportes suponen un cierto riesgo; someten al cuerpo a ejercicios que estimulan la fuerza, la resistencia, el equilibrio mental. Por ese lado, bienvenidos sean. "Los españoles hacen gimnasia", como se decía animosamente en la época de nuestros abuelos. Se referían a la gimnasia sueca, que era mover los brazos y las piernas con cierta parsimonia. Ahora los movimientos de ciertos deportistas pueden ser espasmódicos y necesitan la protección de un casco y de ropas que destaquen en la oscuridad.

De un tiempo a esta parte se tiende a extremar el esfuerzo, hasta el punto de proporcionar sufrimientos gratuitos e incluso la muerte. No digamos cuando se añade el exhibicionismo y la ingesta desmedida de alcohol y drogas, como en el caso del balconing (tirarse desde una ventana a la piscina). Sin llegar a tanto, la proliferación de moteros, ciclistas y conductores de coche alocados suele provocar una escalada de desgracias. Incluso el deporte más sano, por no ser competitivo, como es el alpinismo, puede derivar en extremosos exhibicionismos. Ahí está el inválido que se propone coronar el Kilimanjaro con su silla de ruedas. Asombra igualmente el octogenario que pretende ascender a los ochomiles (los picos más elevados de la Tierra). Siempre aparece un esforzado nadador que pretende atravesar el Canal de la Mancha. Lo malo es que lo consigue, lo que anima a repetir la hazaña con el Estrecho de Bering.

Asistimos a una obsesiva acumulación de riesgos en muchos deportes, singularmente en los que se extrema el espíritu competitivo. De ahí la ingesta de drogas perniciosas, aunque de momento estimulantes. Parece una conducta contraria al espíritu deportivo, pero se practica por doquier. En tales casos se degrada el principio esencial de fortalecer el cuerpo y el alma.

Las actividades de alto riesgo deportivo plantean a veces un considerable quebranto de la justicia. Es el caso de que el contribuyente venga obligado a pagar los gastos que ocasionan los riesgos excesivos. Se impone al menos que los que se esfuerzan de forma desproporcionada paguen las maniobras para salvarles la vida en caso de accidente. Supongo que tal principio se halla en vigor, pero no estaría de más que se publicaran los detalles. Una bandera roja en una playa significa que la operación de salvamento de un alocado bañista debería pasar la factura a la víctima o a su familia. Puede sonar cruel, pero es de justicia.

Queda por explicar lo más interesante. ¿A qué se debe esta peligrosa tendencia de asumir riesgos desproporcionados en el ejercicio deportivo? Hay algo natural y humano en sacar placer del riesgo. Cuando se exagera tal necesidad, aparece el nuevo valor del exhibicionismo, redoblado ahora por los medios de comunicación públicos o particulares. El tedio de una vida tan segura como es la actual incita el ansia de sobresalir, destacar, ser el número uno en lo que sea. No importa incluso el riesgo de poner en peligro la vida. Antes había guerras y torneos; ahora hay que buscar equivalentes pacíficos.

Se impone un ánimo de mesura colectiva para contener la espiral de riesgo a la que nos vemos sometidos. Nos lo impide el exceso de comodidad y seguridad que tanto distingue a los países que llamamos desarrollados. Así se comprende que algunas personas (singularmente varones jóvenes) necesiten el estímulo del alto riesgo deportivo en los periodos ociosos, que son muchos. El peligro se oculta al contar con las previsiones del Estado de Bienestar. Puede más el afán de destacar.

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