Democracia extravagante

Amando de Miguel

Digo "extravagante" en sentido estadístico. Se pueden contar unos 200 países en las mal llamadas Naciones Unidas y aledaños. Pero no pasan de dos docenas los que se rigen por un sistema verdaderamente democrático. Digamos que se trata de una singularidad, solo que no se produce al azar. Las democracias se asientan casi todas en la cultura occidental (aunque la etiqueta no sea muy feliz). Es más, tienden a concentrarse en los países de tradición cristiana protestante. Tal asociación nos dice ya que la democracia tiene mucho que ver con una mentalidad, con tradiciones religiosas.

Ocurre también que los países democráticos (con la notable excepción de China) coinciden con los que concentran más industria, más capacidad económica y más poderío militar. Domina hoy la creencia de que la centralidad económica y democrática puede ser exportada fácilmente a todo el mundo. Falso. No hay más que ver el fiasco que ha sido el experimento de la primavera árabe en muchos países de cultura islámica. Algo parecido se puede decir de algunos países que fueron intervenidos por las potencias occidentales para llevarles la democracia a la fuerza: Irak, Libia, Afganistán. Otro desastre. El próximo fracaso va a ser Siria. No me atrevo a pensar lo que pueda pasar en Cuba. Ya digo que China es un caso aparte, y bien grande, por cierto. Pero veremos pronto una explosión china; va a ser morrocotuda.

Siempre se puede decir que en España, tras la notable experiencia de la Transición, después de una estela secular de revoluciones y pronunciamientos, llegó la democracia. Es cierto, pero el nuevo precipitado no acaba de cristalizar. Algunos partidos emergentes parecen recoger viejos sueños autoritarios, más bien de izquierdas. Los demás partidos con representación parlamentaria sí se muestran propicios a soluciones democráticas, pero su organización interna sigue siendo oligárquica. Todos ellos participan de la extraña idea franquista de que deben vivir a costa del erario.

Otro principio común y complementario, aceptado por todos, es que el gasto público debe crecer siempre. Ahora sabemos que ahí reside la causa fundamental de la tendencia a la corrupción. Sin llegar a tanto, por lo menos se explica la propensión al derroche del dinero público, perfectamente legal, pero igualmente dañino.

Se impone la idea de que, para regenerar (¿no hay otro verbo menos organicista?) la democracia, hay que reformar o cambiar la Constitución. No me parece un buen camino. Con la actual magna carta se pueden arreglar muchos vicios, desde luego, acabar con muchas tendencias oligárquicas. Si empezamos por discutir una nueva Constitución, acabaremos como el rosario de la aurora; por ejemplo, con el dichoso referéndum monarquía-república. Aun aceptando la tesis de que se necesita un nuevo texto constitucional, pido que, por favor, en la comisión redactora no figuren solo licenciados en Derecho. No digamos si los redactores son solo catedráticos de Derecho Constitucional. Por ahí me temo lo peor.

Pero lo más inteligente sería que los partidos políticos empezaran a democratizarse ellos mismos por dentro. Difícil empeño, lo sé, pero necesario. No los veo muy entusiasmados por el proyecto. Solo se apuntan con dedicación al embeleso de las primarias, pero eso es una engañifa, como todas las soluciones miméticas.

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