Del confinamiento a la agorafobia

Amando de Miguel

Como tantos otros habitantes del planeta, los más aprensivos, llevo 18 meses confinado en casa. Me cuesta tanto el IBI (impuestos sobre los bienes inmuebles) que trato de amortizarlo lo más posible. Es broma. Lo serio es que el confinamiento ha ido degenerando en una especie de dolencia mental. Para paliar su mala presentación, se la denomina con un nombre griego: agorafobia. Es decir, alude al terror patológico, o simple ansiedad, a salir del domicilio y enfrentarse al espacio exterior. En 18 meses, ni siquiera he bajado a la iglesia, a comprar al súper o a la pastelería, a la farmacia, a la Biblioteca Municipal, a tomar un café. Solo me han obligado a salir para las vacunas, los análisis clínicos y ciertos tratamientos médicos. Todo ello llevado por mi hijo Iñaki en su coche. El que yo usaba agotó su batería hace muchos meses y yace, muerto de risa, en el garaje. La compañía de seguros estará feliz.

Los síntomas de la agorafobia están muy claros: continua y desproporcionada sensación de cansancio, insomnio pertinaz, bascas ocasionales. La causa es el vago temor al contagio del virus, sobre todo cuando nos hemos percatado de que la vacuna no provee de completa inmunidad, como nos habían insinuado al principio. No es menor la ansiedad que me produce el hecho de declinar la recurrente invitación de tantos amigos a tomar algo y a charlar fuera de casa. Lo que antes constituía un placer, ahora se me plantea como un castigo, una amenaza.

Parece una cuestión baladí o pasajera. Ya quisiera yo. La realidad es que se trata de una auténtica enfermedad mental o degenerativa, quizá, asociada a mi edad valetudinaria. No caeré en la vulgaridad de advertir que la cosa no tiene importancia porque es psicológica.

Hay un precedente curioso. Hace ya algún tiempo, en Andalucía se detectó el tipo humano de los acostaos. Eran personas cargadas de años a las que les aterraba salir del domicilio. Se pasaban la vida acostaos en la cama o en algún sofá, viendo pasar las horas. Ponían mil pretextos con tal de no traspasar la cancela de su casa.

Una variante más presentable de los acostaos es la de algunos escritores que se pasaban meses enteros en la cama, leyendo o escribiendo. Se puede citar a figuras tan excelsas como Joaquín Costa y Marcelino Menéndez y Pelayo. Ambos fueron autores de voluminosos tratados. Con tales ejemplos, no quiero justificar mi patológica resistencia a salir de casa. Lo único que digo es que se trata de algo serio. Es muy posible que cunda en otras muchas personas el extravagante resultado de meses y meses de confinamiento domiciliario por mor de la pandemia de nunca acabar.

Dicen los médicos que, contra el mal que digo, disponemos ahora de eficacísimas drogas antidepresivas o ansiolíticas. La cuestión es que ahí surge otro obstáculo. Personalmente, estoy condenado al hábito forzoso de múltiples píldoras de todos los colores y contra distintas dolencias. Uno consigue seguir viviendo a base de química más allá de la expectativa estadística de años de vida. He llegado a una situación de verdadera farmacofobia. Por tanto, no puedo aumentar la dosis cotidiana con más pastillas.

Me temo, además, que lo del temor al contagio del virus ("veneno" en latín) es una simple coartada. Pasará la pandemia y yo seguiré con mi maldita agorafobia. En griego queda más fino, pero barrunto que yo no saldré de mi casa más que cuando me saquen de ella "con los pies p’alante", como dicen los castizos.

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