De la pandemia a la endemia

Amando de Miguel

Irrumpió como una epidemia, la del virus chino, una enfermedad contagiosa, aunque no muy letal, que se extendió por todo el planeta y, por tanto, se nos hizo pandemia. Pero lleva trazas de convertirse en endemia, como la gripe, aunque mucho más contagiosa; persiste de forma latente y constante en ciertas áreas geográficas. La curva del número diario de contagios no ha dibujado, como se esperaba, un perfil de campana con las dos colas simétricas. Antes bien, la de descenso es más perezosa; de ahí la endemia. Es decir, parece que el virus chino se va a quedar con nosotros. No hay ningún remedio a la vista. Incluso la hipotética vacuna sería una engañifa, dado que el virus muta constantemente.

La perplejidad mayor es que la incidencia o contagio del virus mantiene unas enormes e inexplicables diferencias geográficas. Así pues, no se establece una distribución aleatoria sobre el territorio. Se podría pensar que ataca más a las poblaciones muy densas. En efecto, así es: Milán, Barcelona, Madrid, Bélgica. Sin embargo, se mantiene muy contenido en otras igualmente densas, como Tokio, Nápoles o la zona metropolitana del sureste asiático. Dentro de España la incidencia es también muy alta en algunas provincias castellanas mínimamente pobladas. Se dice también que es una cuestión de clima, pero España da la tasa de contagio más alta del mundo; en cambio, el vecino Portugal representa una de las más bajas.

El experimento en vivo es casi perfecto. En todos los países y regiones se han aplicado, más o menos, las mismas medidas profilácticas para detener el avance del virus. Fundamentalmente han sido el confinamiento y las mascarillas. Luego la conclusión es que tales medidas no han sido todo lo efectivas que se pensaron. Han funcionado más bien como un sustituto psicológico para dar tranquilidad a la población. De esa forma no trasciende la idea verdadera de que el virus chino es incurable. Nos encontramos aproximadamente como en la Edad Media, lo que supone un buen ejercicio de humildad. Entre tanto, los Gobiernos refuerzan sus poderes autoritarios con un despliegue de la propaganda que nos recuerda los tiempos de las guerras. Si al final la epidemia empieza a remitir es por la evolución misma de un organismo como el dichoso virus que se satura, se cansa; mas no desaparece. Puede que cumpla alguna función desconocida.

El oscurantismo frente a la pandemia oculta el hecho descorazonador de que los famosos científicos no saben casi nada de lo fundamental sobre el virus chino. No sabemos si se trata de un virus natural o resultado de alguna manipulación. Ignoramos la razón de que ocasione más muertes de varones que de mujeres, en contra de las pautas demográficas establecidas. No está clara la probabilidad de que haya un rebrote en el otoño del hemisferio septentrional. Inquieta que las personas que se han curado vayan a presentar graves secuelas pasado un tiempo. No se sabe por qué apenas se contagian los niños, y sin embargo muchos de ellos ejercen de transmisores del virus.

Las ignorancias se contrarrestan con un derroche de propaganda y de manipulación informativa. Al menos en España ni siquiera se registran bien las estadísticas de afectados y fallecidos, lo que clama al Cielo (nunca mejor dicho). Simbólicamente, en España las mascarillas se convierten en mordazas o bozales. El Gobierno despliega tics autoritarios que nadie habría pensado. Las Cortes funcionan a medio gas y también muchos organismos de la Administración, como el Registro Civil, la Oficina de Empleo (o más bien de Desempleo) y no digamos los hospitales públicos. ¡Como para esperar que el Gobierno vaya a impulsar un plan de reconstrucción nacional! Puestos a buscar analogías del pasado, se podría llamar de regiones devastadas.

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