Anticipaciones para un año malo

Amando de Miguel

El año nuevo empieza, para los españoles, después de Reyes. Es una extraña convención, esta de los años. Mejor sería hablar de las estaciones, como unidades naturales en la experiencia de la tribu humana. No ha mucho, dijeron los meteorólogos (los que tratan de los fenómenos más allá del firmamento) que este iba a ser un invierno templado y seco. Mala cosa para las plagas de los vegetales y las enfermedades de los animales, incluido el hombre, esa criatura tan frágil. La verdad es que el otoño ha sido húmedo, y, así también, las primeras semanas del invierno. Excelente ambiente para el virus chino. Todavía hay personas cultas que se niegan a creer que ha habido un rebrote de los contagios como consecuencia de las fiestas navideñas.

Los sociólogos (los que tratan de los fenómenos de la especie humana organizada) podríamos echar nuestro cuarto a espadas y tratar de vaticinar lo que será este invierno y el resto de las estaciones de 2021. Lo nuestro es más imaginativo, mucho menos científico. Hace unos meses anticipé que la pandemia del virus chino se autoliquidaría antes de que el grueso de los españoles hubiese sido vacunado. Pero quedarán notorias secuelas, aparte de las mutaciones del condenado virus (en latín, “veneno”).

La consecuencia más ardua será la hecatombe económica. (Casi se podría hablar de la “hecatonquiros”, por las cien cabezas del monstruo). No es solo que el paro vaya a alcanzar tasas nunca vistas, sino que descenderá la productividad de muchas empresas, las que hayan sobrevivido. 

Aumentará la llegada de inmigrantes africanos y asiáticos. Mejor nos iría si la corriente inmigratoria proviniera de Hispanoamérica, por razones obvias. Los inmigrantes extranjeros tienen un nicho laboral seguro: los servicios de atención a los viejos, a los que hayan sobrevivido de la epidemia. Habrá una vuelta de las residencias de ancianos a los cuidados en los hogares de los hijos. Para ello se van a necesitar cientos de miles de cuidadores, la mayor parte, mujeres.

Muchos de los nuevos inmigrantes pasarán a engrosar la nómina de los llamados “vulnerables” (los pobres de antes). Son los que reciben, sistemáticamente, subsidios públicos y privados. Será un coste difícil de soportar para la economía española.

Por mor de la pandemia, una gran masa de las personas ocupadas y de los estudiantes se habrá acostumbrado al trabajo telemático. Es una tendencia sin retroceso, por mucho que parezca más una especie de broma. Se abren nuevas oportunidades para el sector informático y, quizá también, para el de los muebles y la ropa de estar por casa.

Otra nueva costumbre es la de llevar comida preparada, alimentos y otras vituallas a los domicilios, según pedidos telemáticos. Mal asunto para las tiendas, las que no hayan sabido adaptarse a los nuevos usos. Nunca entenderé por qué las churrerías no se han incorporado a este sistema, digamos, logístico (aunque, también, se podría decir “metafórico”, con mayor propiedad etimológica). O, quizá, lo hayan hecho algunas. Churros y porras (curiosa alternativa) son bienes fungibles, efímeros, que no se elaboran bien en casa.

Saltando a asuntos más trascendentales, no veo mucho porvenir para la Unión Europea. Quebrará tras el Brexit británico. Solo se salvaría con la incorporación de Rusia y Ucrania, suceso inverosímil. Se trata de una organización, en extremo, intervencionista y proteccionista. Son fórmulas caducas.

La hecatombe económica golpeará, todavía más, a los países del sur de Europa, basados en una economía turística, ahora, quebrada. La única alternativa sería pasar a un turismo especializado.

En España será desastroso el creciente poderío de Unidas Podemos. En contra del silencio de las encuestas y de los comentaristas sobre el particular, subirá el apoyo electoral a Vox. Es decir, el espectro político se polariza.

Como suele suceder en las épocas de miseria económica, en 2021 asistiremos a una cierta revitalización del espíritu religioso, cristiano y musulmán. Es de temer un recrudecimiento del terrorismo islámico. No se descarta una guerra hispano-marroquí para conmemorar el centenario del desastre de Annual. Puede que Gibraltar solicite un estatuto de asociación con el Estado español, naturalmente, con “lengua propia” y con las dos banderas. Será la superación de lo de Trafalgar.

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