Antes morir que dimitir

Amando de Miguel

Los pacientes súbditos españoles llevamos cerca de un año de penosa ordalía para ver cómo se forma el Gobierno de la nación. Se han realizado costosas elecciones nacionales. Como es lógico, unos gerifaltes ganan o avanzan, mientras que otros pierden o retroceden. Sin embargo, todos se muestran contentos, hasta exultantes. Tienen razón. ¿Qué más da sacar uno u otro porcentaje de votos? Lo que realmente se juega es entrar en la cofradía de los diputados y, por ende, de los asesores y demás edecanes. Una vez ungidos con el unto del poder, formar parte del Gobierno parece asunto menor. Por eso no dimite el que pierde las elecciones o el que saca menos votos de los que tenía antes. Solo dimite alguno in extremis si se ve defenestrado por sus rivales del mismo partido. Se trata de una maniobra de venganza, de quítate tú para ponerme yo.

La cuestión está en que la camarilla de diputados y adláteres goza de pingües momios. Los asesores de cualquier partido, los diputados de un grupo minoritario tienen fácil acceso a un coche de alta gama pagado por los contribuyentes. ¿Por qué van a dimitir cuando su partido recula? Tan arduo se hace dimitir que ni siquiera se suele conjugar ese verbo. Se prefiere cesar, pero ese es transitivo, es decir, alguien cesa (= destituye) a alguien. Pero nuestros hombres públicos (y mujeres, claro) no están para filigranas léxicas.

El apoyo a los privilegios del poder (que alcanzan parcialmente a la oposición al Gobierno) explica el extremado personalismo o fulanismo de la política española. Lo cultivamos también los comentaristas al escribir o tertuliar sobre personas, más que sobre ideas. Puede que sea una mímesis del fútbol, en el que destaca de forma absorbente el comportamiento de las personas (jugadores, árbitros, entrenadores, etc.). Solo que en el fútbol no hay ideas; por eso resulta tan atractivo.

Ciertamente, alguna vez dimite un empingorotado, pero entonces se convierte en noticia, dada la rareza del suceso. La atrevida decisión lo ensalza todavía más, incluso aunque no haya sido voluntaria, sino empujada por la presión de los adversarios del partido. Tal relevancia parece lógica. Cuando uno deja el alto cargo se le abren amplias avenidas para enriquecerse. Los años de la política han servido para hacer favores y establecer contactos. Fuera ya del cargo es la ocasión para recoger los frutos de tantos desvelos.

En el espectáculo de la dimisión (o defenestración) de algún dirigente político no se percibe una confrontación ideológica. Solo interesa el nudo poder. Lo que en estos casos se llama debate es más bien una lucha por ver quién manda o va a mandar. Resulta extraña la vocación política, al sentirse obligados los mandamases a dedicar los fines de semana al partido, su verdadera familia.

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