“Al amigo hasta lo injusto…”

Amando de Miguel

Se completa: "…y al enemigo ni lo justo". Reza así el principio de la vida pública española, por muchos que confiemos en las bondades de la democracia y exaltemos la igualdad, que, por otra parte, se han conseguido.

La auténtica democracia es algo más que elecciones regulares; se basa en la verdadera justicia que supone el sistema de mérito. Consiste en seleccionar a los que más se esfuerzan o más méritos han acumulado en todos los órdenes de la vida productiva. Los seleccionadores son unos pocos previamente situados. Es así para conceder puestos de trabajo o de dirección, becas, premios, subvenciones, resultados de concursos de toda índole. En consecuencia, se debería exigir una alta moralidad en el reducido cuerpo de seleccionadores. Pero es ahí donde falla el sistema de la democracia real. Lo nuestro es más bien lo contrario: la persistencia del familismo, el amiguismo, la parentela ideológica. El principio es: "Cada uno ayuda a los suyos".No es un criterio que vaya propiamente contra la igualdad sino contra la justicia, el fundamento de una sociedad avanzada.

Resulta frustrante en España la acumulación de méritos en un currículum que nadie va a considerar. La obra bien hecha genera sospechas para los que tienen que juzgarla. El resentimiento aflora especialmente cuando los miembros de una comisión que ha de otorgar un reconocimiento se saben con menos méritos que el solicitante preterido. Es la ocasión para denegar lo merecido y buscar la alternativa más cómoda. La justificación es que prima la relación de parentesco o de amistad. En ocasiones interviene mucho la afinidad ideológica. Un seleccionado así reconocido se hace especialmente sumiso a los que mandan en cada momento. Se perpetúa así el círculo vicioso de los establecidos, los instalados, los que medran al hacerse favores entre ellos.

Hay que reconocer un efecto positivo de toda esta miseria. Una sociedad en la que impera el amiguismo, y no digamos el nepotismo y la camaradería ideológica, resulta sumamente simpática y acogedora. El inconveniente es que sus organizaciones se muestran débiles. Por eso funciona en España una miríada de empresas, fundaciones y asociaciones sobre una base personal o familiar. Son escasas las que consiguen sobrevivir a la tercera generación.

La falta de reconocimiento del mérito lleva a una ingente acumulación de esfuerzos baldíos. Véase la obsesión de los actuales estudiantes universitarios por acumular másteres, erasmus y diplomas de toda especie. Al final llega el desengaño: lo que de verdad funciona es la red de conexiones familiares o amicales, incluso el ominoso braguetazo. En las distinciones de naturaleza pública cuenta mucho la recompensa al correligionario, en todo caso al que se halla ya situado.

Se comprende ahora el notorio interés de los españoles por reforzar el núcleo de parientes, amigos y conmilitones. Una definición operativa para pertenecer a ese círculo íntimo (desde el punto de vista del sujeto) es la persona que pueda dejarle dinero cuando lo precise. Hay también equivalentes del dinero prestado, como la ayuda moral en tiempos de infortunio. Frente a esas relaciones de apoyo mutuo, destaca la desolación del individuo que va por libre, sin muchas ataduras familiares, amicales o ideológicas. Constituye un caso perdido si aspira a que le reconozcan sus méritos.

Una lección práctica para los que aspiran a medrar en la vida pública o profesional. Deben estar siempre con los que mandan. La ventaja insuperable es la de quienes han conseguido esa hazaña desde el franquismo hasta hoy a través de las conexiones familiares, amicales o ideológicas. Esos son los que de verdad mandan, o por lo menos influyen. A ellos se les aplica el "efecto Mateo", que explicaba mi maestro Robert K. Merton en la Universidad de Columbia. Es un misterioso versículo del Evangelio de San Mateo: "Al que tiene, se le dará más y abundará; y al que no tiene, aun aquello que tiene le será quitado" (Mt. 13,12).

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