33 años después

Alonso Holguín

Una vez ingresas en el Benemérito Cuerpo de la Guardia Civil, una fecha marcada en el calendario es el día de la Virgen del Pilar. Todo el mundo sonríe, es feliz o procura serlo, al menos entre los compañeros que conozco. Por un día olvidamos las penas y nos ceñimos a las alegrías, recordando aquellos servicios, momentos y ratos –buenos y malos, que de todo hay– pasados desde el último Pilar.

Por definición –Pilar–, es la base de todos nosotros. El fundamento del servicio al ciudadano, cumpliendo y haciendo cumplir la Ley como principio para continuar unidos hacia un futuro común. Se reúnen familias al completo, junto con los amigos que nos rodean. Como todo acto oficial, tiene su protocolo. Esa normativa sirve para llevar un orden dentro de la celebración. Los niños, ajenos a la formación recibida en la academia, preguntan:

–¿Y esto por qué se hace?

Los progenitores nos mostramos orgullosos de la curiosidad de los peques, incluso se nos salta la conjuntivitis –en formato lágrimas– cuando recordamos a aquellos que ya no están con nosotros al escuchar "La muerte no es el final", una himno con tanto sentimiento que eriza el vello por la solemnidad de la letra y el sonido de las campanas.

Este año se han cumplido 33 años del atentado terrorista del 9 de septiembre de 1985: un coche bomba estalló en la Plaza de la República Argentina de Madrid al paso de un microbús de la Guardia Civil. Los agentes prestaban servicio de seguridad en las embajadas. La explosión hizo que el transporte chocara contra un árbol y los cristales volaran, provocando múltiples heridos entre viajeros y viandantes.

Uno de los agentes, J. C., socorrió a varios de sus compañeros atrapados en el interior del microbús en llamas. Estando ya a salvo, halló a un joven tendido en el suelo herido gravemente en el cuello. Utilizó su pañuelo para taponar la herida. Llegó un coche patrulla de la Policía Nacional y trasladaron al herido al hospital de la Cruz Roja. El agente volvió con la misma patrulla a la Plaza de la República Argentina; había pedido volver porque también su hermano iba en el microbús. Afortunadamente, ya habían sido evacuados todos los agentes heridos. Todos excepto él, que no se había percatado de las heridas que tenía: metralla en la espalda y los brazos, y quemaduras en la cara y la cabeza.

El peatón al que socorrió falleció, lamentablemente, varios días después. Se llamaba Eugene Kenneth Brown y era de los Estados Unidos de América.

Después de 33 años, el agente J. C. ha recibido la Condecoración al Mérito de la Guardia Civil con distintivo rojo por su actuación durante aquella jornada.

El protocolo de la Guardia Civil establece un orden a la hora de imponer las condecoraciones. Las más singulares deben mencionar el motivo de tal singularidad. Los condecorados las llevarán en sus uniformes el resto de sus vidas, con gran orgullo para sus familiares y como ejemplo para los compañeros:

Artículo 20. Imposición: El acto de imposición revestirá la mayor solemnidad posible y se procurará hacerlo en fechas de particular raigambre y tradición en el Cuerpo de la Guardia Civil. Durante el acto se dará lectura a la orden de concesión, y si se tratare de la Gran Cruz, de la Cruz de Oro o con distintivo rojo, participará en el mismo, siempre que sea posible, una formación de fuerzas del Cuerpo que desfilará a su término ante la Autoridad que lo presida.

El 12 de octubre, festividad de la Patrona de la Guardia Civil, el agente retirado J. C., su mujer y sus hijas se reunieron para celebrar ese acto oficial. Era el día. Después de muchos años de espera verían reconocidos por la Guardia Civil los méritos del propio J. C. en aquel fatídico día. Acto que le hubiera gustado compartir con su hermano, quien también sobrevivió al atentado. Desgraciadamente, falleció en un accidente de circulación en 1996.

En el acto se debió haber procedido a la lectura de la resolución y del motivo de la condecoración. Pero, por desgracia, el protocolo tuvo una variación incomprensible y quedaron sin mencionar los motivos por los que se concedía dicha medalla.

Es un honor conocer a J. C., quien siempre tiene una palabra de ánimo, dos manos para ayudar a compañeros, amigos y víctimas del terrorismo, así como a otros muchos necesitados que encuentran en él una de las virtudes de los miembros de la Guardia Civil: la ayuda desinteresada, con olvido del propio pellejo si hiciera falta.

Gracias, J. C., por tu servicio y tu ejemplo, a los ciudadanos y a España.

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