¿Vuelta del comunismo?

Agapito Maestre

El título del libro de Federico Jiménez Losantos me plantea un interrogante: ¿Estamos ante una verdadera vuelta del comunismo? Yo diría que no. Más bien, asistimos a la consolidación de una tradición de izquierda muy potente, que desde sus orígenes está instalada en los partidos socialistas y comunistas españoles. Tiempo habrá de criticar este libro, que ya me embaulado de principio a fin, pero ahora sólo quiero destacar un aspecto del comunismo que, desde los años sesenta del siglo pasado por lo menos, ha estado presente de modo permanente en la sociedad y las instituciones españolas. Es cierto que ahora hay ministros comunistas en el Consejo de Gobierno, pero no me refiero a la presencia física sino al espíritu directriz de la izquierda en los poderes del Estado y en la Oposición. Dudo de que ese espíritu haya desaparecido durante algún período largo de nuestra historia reciente.

Me refiero a lo mal que se ha llevado siempre la izquierda en general, y el PCE en particular, con la nación. Por aquí el espíritu comunista ha permanecido en España tanto en los partidos socialistas como en los propiamente comunistas. ¿Cuál era en esencia la fuerza intelectual de ese malestar nacional que recorre toda la izquierda? Pues que la nación no es nada al lado de la clase proletaria, del partido, de la Internacional socialista o Comunista… Por encima de la nación está el futuro socialista y comunista, y, en fin, si hay que destrozar la unidad territorial de la Nación para que el PSOE o los comunistas estén en el poder, se procede a su destrucción. Baste una nota editorial de la revista Leviatán, el órgano de la izquierda socialista que dirigió Luis Araquistáin, para probar lo mantenido por ciento de textos de la izquierda contra la nación antes de la guerra civil: “En un proceso histórico amplio y profundo, el concepto de unidad nacional tiene un valor muy secundario. Mejor que un Estado capitalista que imponga la ley de la clase dominante a toda la Nación, queremos unas cuantas naciones peninsulares (…) que algún día puedan reunirse en un Estado de trabajadores, en una auténtica República de trabajadores, de una sola clase, y no de todas clases…”. Este espíritu secesionista fue siempre relevante en la historia del PSOE.

A pesar de todo, reconozco que es menester distinguir entre socialistas y comunistas por lo que se refiere a la cuestión nacional, porque en el PSOE hubo durante un tiempo significativo un discurso oficial de corte españolista (De los Ríos, Prieto, Besteiro…), que se consideraba heredero del patrimonio liberal. Fue una tradición que se reforzó durante la Guerra Civil, pero que al final se evaporó con Negrín y los comunistas de estricta observancia estalinista. Triunfaron otra vez los secesionistas. Es menester, pues, regresar a la obsesiva consigna: la nación es poca cosa al lado del socialismo y la revolución. Esta premisa, por desgracia, era compartida antes de la Guerra Civil tanto por los socialistas como por los comunistas, tanto por los seguidores españoles de la Internacional Socialista como los comunistas españoles a las órdenes de Moscú, tanto por Luis Araquistáin como por Maurín y Nin, etcétera… Sólo durante la guerra civil esa línea se quiebra; hubo un giro radical del PCE, seguramente por la influencia de los escritores que colaboraron en sus medios de comunicación, la izquierda se hizo patriótica y los comunistas se pusieron a la cabeza de la nación.

Vicente Uribe, ministro comunista durante la guerra civil, lo dejó escrito: “Los comunistas somos los más ardientes patriotas de la España democrática; los más decididos enemigos de de toda tendencia separatista”. Fue un dogma para la izquierda el mantenimiento de la integridad de España en los partidos comunistas de España.

Y, sin embargo, ese espíritu patriótico de la izquierda nacional, reflejado en la actitud heroica de Besteiro en los últimos día de la guerra para que no murieran más hombres, se esfumó con los exiliados y, como nos enseñó el maestro César Alonso de los Ríos, en el interior surgió una izquierda desnacionalizada, desespañolizada, que “vuelve” con grandes deformaciones y mitificaciones a la realidad de la preguerra. Ejemplo de esa mitificación fue, en 1975, el libro del dirigente comunista Ramón Tamames, Un proyecto de democracia para el futuro de España, donde apostaba sin cortarse un pelo por el llamado “derecho de autodeterminación”. En fin, desde esa época, pasando por los gobiernos socialistas, especialmente los de Rodríguez Zapatero, hasta el gobierno de Sánchez-Iglesias nadie podrá negar que se han mantenido, como un hilo subterráneo y oscuro, la firme idea de romper la integridad territorial de España. En eso estamos. ¿Tienen fuerza para detener ese proceso los muchachotes del PP y VOX? ¡Quién sabe!

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