Un designio trágico y sus vacíos adversarios

Agapito Maestre

Es casi imposible que los socialistas de hoy puedan eludir con facilidad su designio histórico: el internacionalismo socialista, hoy como ayer, solo aspira a la desaparición de la nación; el socialismo siempre es aliado de la agonía de la conciencia nacional española, forma parte indeleble de su ser, de su ideario político, en verdad, de su trágico destino. Ese fatum socialista está vinculado estrechamente al de los separatistas vascos, catalanes y los comunistas actuales. Si la desnacionalización de España ha sido una constante desde 1978 hasta hoy, entonces tenemos que reconocer que el PSOE no ha estado solo en ese proceso de trágica deconstrucción de España, que algunos persistimos en soñarla, imaginarla y pensarla como una gran nación en el pasado y con ciertos potenciales en el presente. Pero una nación no se construye solo con historia, ilusiones y argumentos, nadie se engañe, sino con ciertos principios que desaparecieron hace tiempo de la agenda política española. Sin esos principios, la política, la gran política, desaparece.

Sí, la realidad es tozuda: a millones de españoles, la mayoría, les importa una higa España. Son millones, sí, los que conforman el grueso de un pueblo envilecido por sus élites sin otro ideal que llenar la andorga cada día. Los valores morales, religiosos o políticos desaparecieron hace tiempo. No existe jerarquía axiológica ni nada que se le parezca en la educación y la cultura de este país. Basta ver los programas más vistos de televisión para que se caiga el alma a los pies, por no decir nada de los periódicos y las universidades… Sí, el PSOE no está solo en ese horizonte de envilecimiento de un pueblo; son millares los políticos de otros partidos, empezando por los del PP, los intelectuales, los periodistas y los profesores que han colaborado en la destrucción de las bases de la conciencia nacional. Aquí pocos pueden eludir sus responsabilidades. A la situación actual de absoluta ruina de la nación española, destrucción aún más visible en el terreno cultural que en el político, no se llega de la noche a la mañana sino por la complicidad criminal de las llamadas élites políticas, intelectuales y religiosas.

Partidos políticos, universidades y medios de comunicación son, naturalmente, las instituciones culpables de no haberse enfrentado a ese terrible drama de España, casi una ley histórica, que consiste en repetir lo peor de nuestro pasado: la desaparición de la nación; y más tarde hace acto de presencia la guerra civil, porque el vacío del Estado-nación nunca puede llenarlo el cantonalismo de los pueblos prerromanos o de los reyes de taifas. Pareciera que la conversión o transformación de algo excepcional, como es la guerra civil, en una necesidad es la gran conquista, que otros llamamos tropelía, de la mayoría de intelectuales, políticos y periodistas de nuestro entorno. ¿Quién no se ha reído alguna vez cuando ha oído hablar de la conciencia nacional española en los últimos cuarenta años?, ¿quién se ha privado de insultar a los defensores de la historia nacional española?, ¿quién no ha sustituido alguna vez la palabra España por Estado, o "este país", para no ser tildado de "nacionalista"?, ¿cuántas veces hemos tenido que oír: "Malos son los nacionalismos periféricos, pero peor es el nacionalismo español"?, ¿qué idiota no ha dicho: "Estamos enfrentados a dos nacionalismos"?… Y así hemos llegado a la actual situación: España están tan desnacionalizada que aún hay majaderos que echan la culpa de nuestros males al "nacionalismo" español. No es necesario nombrar autores y obras que mantienen tal absurdo porque producen vergüenza ajena…

Ese proceso de degradación de la conciencia nacional, más o menos embridado por la personalidad de González y por los intentos fracasados de detenerlo de Aznar, adquirió una velocidad de vértigo a partir del 11-M (2004), fecha de uno de los más graves atentados terroristas de nuestra historia, que coadyuvó a la llegada de Rodríguez Zapatero al poder. Con este político comenzó a desaparecer la mayor oportunidad histórica que ha tenido España, en los siglos XX y XXI, de consolidar un sistema político, si no excelente, al menos tolerable. En efecto, el proceso desnacionalizador era gravísimo, pero Zapatero lo legitimó con el pacto con ETA y los separatistas catalanes. Sánchez ha llegado al poder para terminar lo iniciado por Rodríguez Zapatero y puesto entre paréntesis, cuando no alentado por los silencios miserables, durante los Gobiernos falsamente tecnocráticos de Rajoy; decidan otros sobre cuál es más funesta: la indecisión hipócrita y cautelosa de Rajoy o la decisión arbitraria y al descubierto de Rodríguez Zapatero de cargarse un sistema político; pero yo, como he mantenido aquí otras veces, siento mucha menos antipatía por los revolucionarios y golpistas que van de cara y a las derechas que por aquellos doctos tecnócratas de la corrección política dispuestos siempre a adaptarse a quien dé mayores oportunidades de sacar provecho de la olla del Estado. Aquí el PP tiene tantas culpas como el PSOE en la destrucción de la conciencia nacional.

Rodríguez Zapatero inició la demolición del sistema democrático y, ahora, Sánchez quiere terminar el trabajo con la extraordinaria colaboración de los separatistas catalanes y vascos y, por supuesto, de Podemos. La escenificación de esta nueva etapa de los socialistas contra España, contra los éxitos de la reconciliación nacional propiciada por comunistas y franquistas ya desde 1956, y el vivir más o menos tranquilo –nadie olvide los miles de víctimas del terrorismo de ETA– de la Transición y este tiempo de democracia, se ve en la exhumación de los restos de Franco del Valle de los Caídos, en el gobernar a golpe de decretos, en cuestionar la legitimidad del Senado, en dudar en darle amparo a un juez, en mentir sistemáticamente sobre sus intenciones políticas, etcétera. Y ante todo eso qué tenemos. Creo que poco, muy poco, ya habrá tiempo de extenderme en esas pocas alternativas, pero, de momento, me conformo con repetir las siguientes preguntas: ¿tiene cuajo suficiente Cs para enfrentarse a ese designio histórico, casi un destino, del que los socialistas no se quieren apartar?, ¿será suficiente el correcto programa europeista de Cs para detener ese proceso de la desaparición de la nación española?, ¿cómo rescatará Cs las bases de la nación en las que se asienta la Constitución?, ¿cuál es su proyecto educativo, cultural y axiológico?

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