Trabajo vivo y sindicatos muertos

Agapito Maestre

Los pueblos católicos tienen la mala fama de gustarles en exceso el cachondeo, la bullanga y el poco desgastarse con acciones laboriosas. Por el contrario, buenísima prensa tienen los protestantes por considerar que el trabajo es el único y auténtico fin de su existencia. Nunca me he creído ni lo uno ni lo otro; a veces he hallado perezosos en los países luteranos que para sí los quisieran los católicos; y, por contraste, he topado con gente hacendosa y trabajadora entre los católicos que les gustaría fichar a los protestantes. Nos movemos entre tópicos y mentiras. Así es la vida. Pura contradicción. Reconozco que ese prejuicio sobre los pueblos trabajadores, entre los muchos que trajo la Reforma protestante, ha tenido un éxito duradero en el tiempo y en el espacio.

Pero de poco sirve hoy ese tópico, porque lo cierto es que en la tradición judeocristiana, sin entrar en mayores distingos entre católicos y protestantes, el trabajo es la categoría de central de nuestra civilización. Sí, el trabajo es factor clave de realización del ser humano en el mundo. Todo trabajo es digno de respeto. La tradición cristiana transformó por completo en este punto el mundo grecorromano. El bíblico "te ganarás el pan con el sudor de tu frente" ha marcado a toda la civilización occidental, incluido a un autor como Marx que hizo de la crítica al trabajo en las sociedades capitalistas el centro de su filosofía. Marx, un autor siempre citado y poco leído, principal coartada de los regímenes totalitarios del siglo veinte y del actual, fue fiel a su herencia. Pensó la idea de trabajo en el horizonte cristiano. Fue su mayor aportación a la filosofía de nuestra época.

Toda la reflexión de Marx, casi siempre corta y estrecha sobre la esencia política del ser humano, está referida a la idea central de la tradición cristiana. En este punto ha sido de los filósofos del XIX que más provecho le extrajo a la civilización occidental. Diríamos que es uno de sus grandes herederos. También para Marx el trabajo es algo más que un mero factor de producción. Se trata de eso que el cristianismo llamó el primer factor de desarrollo del ser humano. El trabajo es, sobre todo, la principal potencia de expresión del ser humano. El trabajo es a la par un factor de alienación, enajenación o cosificación, y de realización, expresividad y sentido de la vida de toda persona. Gracias a esa síntesis conceptual por decirlo en castizo, Marx ha podido nadar y guardar la ropa, o sea, despotricar contra el trabajo a la par que señalarnos que es el único camino de la emancipación y la felicidad de los individuos.

Esa abstracción, hacer del trabajo a la vez un elemento de alienación y de emancipación, le ha permitido situar su propia reflexión como una teoría crítica de la sociedad. Tanto la obra del joven Marx, llena de grandes intuiciones de origen romántico, como la del resabiado y maduro, que dice barbaridades y simplicidades sobre el desarrollo del capitalismo de su época, utiliza la categoría trabajo como centro de su crítica a la economía capitalista. Porque el trabajo no es sólo "trabajo muerto", sino el principal elemento de expresividad, o mejor, de autorrealización del ser humano, Marx es un autor vivo. Su diagnóstico sobre el trabajo enajenado es inseparable de la solución cristiana: el trabajo es la principal fuente de liberación del hombre. Exactamente eso es, dicho en corto y por derecho, lo que UGT y CCOO se han cargado de la obra de Marx. Sus reivindicaciones son sólo y exclusivamente para quienes tienen trabajo. Al resto, especialmente a los parados, que le parta un rayo. UGT y CCOO quieren mejores salarios para los trabajadores, pero se olvidan de la principal reivindicación de Marx: sin trabajo el ser humano no es nada. Mientras que Marx todavía tiene algo que decirnos, los sindicatos españoles son obstáculos para el desarrollo de una sociedad fuerte. Marx conserva su atractivo crítico, pero los "sindicatos de clase" están muertos, han quedado reducidos a ser meras correas de transmisión de las paparruchadas de un aventurero político llamado Pedro Sánchez.

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