Salvaje país

Agapito Maestre

Ningún crítico de la política puede pasar por alto lo sucedido el miércoles en la sesión de control al Gobierno. Es un hecho inédito en la historia política de nuestra democradura (un régimen político de escasa calidad democrática). Ningún grupo político en el Congreso cree una sola palabra sobre lo declarado por Sánchez acerca de Cataluña. Sólo por eso, sí, el presidente del Gobierno debería dimitir. Sánchez no tiene legitimidad alguna para presidir la institución del Gobierno, porque, repito, ningún grupo político en el Parlamento, ni siquiera los que apoyaron su investidura, cree una sola palabra de lo que ha dicho en la última Comisión de Control en el Congreso de los Diputados. Nadie cree a Sánchez. Nadie confía en este aprendiz de dictador. Nadie en el Congreso de los Diputados se toma en serio su última afirmación: "Jamás en España habrá un referéndum sobre Cataluña".

Este hombre no tiene vergüenza y desconoce el significado de la palabra dignidad. Alguien que no es creído por nadie en la cámara de representación popular, debería presentar su dimisión de forma inmediata; o, por lo menos, someterse a una moción de confianza para que vuelvan a definirse todos aquellos grupos políticos que le prestaron su apoyo para su investidura. Eso sería lo mínimo que se espera de un gobernante democrático. No hay otra vía para conseguir legitimidad en el ejercicio del poder. Y, sin embargo, este personaje seguirá presidiendo un Gobierno que hará y deshará a su antojo sin que nadie consiga expulsarle de la vida pública; al contrario, él seguirá utilizando todos los días los instrumentos del Estado de Derecho para acabar con sus adversarios políticos y perpetuarse en el poder.

Pero Sánchez, y lo digo con dolor, no es único que ha ejercido el poder de esta forma autoritaria. Más bien, es la culminación de una manera de gobernar que en ninguna época, especialmente durante los gobiernos socialistas, conoció límites. Se saltaron todas las limitaciones al poder del gobierno y, por supuesto, se negó la cláusula fundamental para el funcionamiento de la democracia: la autolimitación. Sánchez es el presidente ideal de los gobiernos socialistas. Más aún, diría que es la expresión más fidedigna de un tipo ideal de carácter weberiano para saber qué es un político en España.

Sí, Sánchez es el mejor representante de nuestra casta política en general, y de la socialista en particular. Quien tiene el gobierno, manda en todas partes. Sánchez utiliza con desparpajo y chulería el poder del gobierno. Hace lo que viene en gana en todos los órdenes de la existencia, naturalmente para eternizarse en el poder. Por aquí España es diferente al resto de los países europeos. Es, sin duda alguna, una país salvaje en términos políticos. Y si no es salvaje, díganme, por favor, cómo es posible que un tipo saltándose la legalidad y sin apenas legitimidad moral y política siga en el poder. Me parece que el comportamiento de Sánchez vuelve a poner en evidencia las diferencias graves entre los españoles de a pie y sus élites políticas. Creo que hay un abismo casi insalvable entre el espesor intelectual de ciertos sectores de la sociedad civil y los políticos. Hay un divorcio permanente entre los ciudadanos y sus élites gestoras. He ahí los principales argumentos para decir que España es, en términos políticos, un país salvaje.

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