Políticos dementes

Agapito Maestre

La sesión parlamentaria para prolongar por quinta vez el estado de alarma ha reflejado, una vez más, que nuestra sociedad no distingue fácilmente entre la cordura y la locura. Parece que no existen diferencias significativas entre lo sano y lo enfermo. Las enfermedades mentales tienen correlaciones con las sociedades. El estudio y tratamiento de esas correlaciones es tarea de los loqueros y los dementes, de los sanos y los enfermos, porque enfermos mentales, según reconocen los propios loqueros (psicólogos, psiquiatras, sacerdotes, filósofos, médicos, biólogos, periodistas, etcétera), somos de una u otra forma todos. He ahí, pues, una tarea prioritaria para conllevar lo que se avecina con cierta dignidad, pues que estar encerrados casi tres meses tendrá graves consecuencias en la locura y la salud de los españoles. De esto no se libra nadie, empezando por los políticos.

La esquizofrenia, la paranoia, el trastorno antisocial de la personalidad, el trastorno obsesivo compulsivo, el trastorno de la ansiedad generalizada, el trastorno por estrés postraumático y otras muchas demencias saldrán a la luz en los próximos meses, y sospecho que serán tan duras como la covid-19. Los políticos, reitero, no son ajenos a ninguna de estas demencias. Pedro Sánchez, socialista, y Edmundo Bal, el portavoz de Cs, son dos casos relevantes de locura política. Mientras que la del primero es fácil de analizar, la del segundo exige un poco más de elaboración.

Sánchez sufre, sin duda alguna, la madre de todas las enfermedades mentales, la esquizofrenia es una anomalía en los procesos cognitivos con una pobre respuesta emocional. Los síntomas están a la vista de todos: lenguajes y pensamientos desorganizados, dice una cosa y la contraria en la misma frase, delirios, mentiras sobre el pasado y el presente, alucinaciones, trastornos afectivos permanentes y, en fin, conductas y comportamientos sociales inadecuados por temor al rechazo, por ejemplo, no quitarse la sonrisa cínica ni por un momento, cuando habla de miles de muertos, o de millones de pequeños empresarios arruinados, o de millones de seres humanos que no han cobrado los ERTE, o de los millones que han perdido su puesto de trabajo, etcétera. Sánchez sigue sonriendo con cinismo, con ese terrible y odioso cinismo de quien se sabe poderoso, como si aquí no pasara nada. Si eso no es locura, por favor, que venga Dios lo diga.

Lo de Sánchez está claro, pero qué decir de Bal, ese hombre juicioso y con ciencia, portavoz de un partido dramáticamente a la deriva, que no ha conseguido perder la paciencia para apoyar la prolongación de encierro sin cadenas otros quince días. Yo confieso que no sé mucho de estas cosas de políticos dementes, aunque algo aprendí leyendo a Nietzsche, quien trató de escribir algo más verosímil que las tesis defendidas por el doctor Paul Rée, en su libro El origen de los sentimientos morales, quien estaba empeñado en sacrificar todos los argumentos del ser humano por el sentimiento de la compasión. Por el contrario, el bigotudo filósofo teutón, apoyado en Platón, Spinoza, La Rochefoucauld y Kant, menospreció la compasión. Por ese camino, el psicólogo Nietzsche mantuvo que la moral, lo bueno, lo que pasaba por ser bueno, tenía un origen irracional que requería ser trasformado. Vamos, en pocas palabras, que había que inventar otra moral más racional. Traducido en lenguaje de la calle, que era el que más le interesaba a Nietzsche, eso significaba que en eso que llamamos ‘bueno’ está contenido "un síntoma de retroceso, y asimismo un peligro, una seducción, un veneno, un narcótico, y que por causa de esto el presente viviese tal vez a costa del futuro".

Edmundo Bal, sí, quiere pasar por bueno a costa del futuro y por compasión a los autónomos y a los necesitados, pero es tan malo y caprichoso como quienes pretenden seguir quince días más matando el sector primario, turístico e industrial de España. Aunque, tal y como están las cosas en Cs, desde que perdieron estrepitosamente las últimas elecciones, quizá sea más sencillo considerar que el señor Bal padece el famoso síndrome de Estocolmo, o sea, como capturado por el PSOE y Podemos, muestra algún sentimiento positivo hacia sus captores. La locura, vestida de bondad y compasión, domina la escena política española.

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