¿Política de pactos de Cs?

Agapito Maestre

Que la consejera de Identidad, Políticas Sociales y Conciliación de la Junta de Andalucía, Rocío Ruiz, arremetiera contra la Semana Santa, factor fuerte de identidad cultural en esa comunidad, hace cinco años no es una cuestión baladí. No me extraña que Vox haya reaccionado pidiendo la destitución de la consejera, puesto que no cumple uno de los puntos que ellos han pactado con el PP. Pero creo que este caso, más allá de cómo se resuelva, pone sobre el tapete el principal problema que tiene Cs desde que, en 2015, decidió pactar con el PSOE –en Andalucía– y con el PP –en la Comunidad de Madrid–. Quizá esa contradicción podía mantenerse, en una última ratio, porque Cs, aunque daba al PSOE y al PP la oportunidad de conformar Gobiernos, rehusaba gobernar en coalición con ellos y prefería mantenerse en la oposición. En nombre de la estabilidad gubernamental, y mientras se aclaraba el panorama electoral, parecía que Cs hacía buena la contradicción de apoyar a fuerzas políticas antagónicas en los mesogobiernos regionales.

Ese tiempo de paradojas y ambigüedades, sin embargo, ya pasó. Ahora nos encontramos con una realidad más dura; y es que, por desgracia, durante los últimos cuatro años, Cs no ha sido capaz de crear, definir y explicar una política sensata de alianzas con otras fuerzas políticas. La carencia de criterios rigurosos y fundamentados a la hora de pactar con otros partidos políticos podría conducir a Cs a poner en cuestión su débil política nacional. Es obvio que su primera apuesta por España, por la unidad nacional, hacía simpático a este partido, pero ahora, cuando hay que llenar de contenido esa opción, surgen los problemas. Y el primero de ellos tiene que ver con la política de selección de Cs para elegir a sus cargos y candidatos. Sin entrar en la valoración de apoyar a un candidato socialista en Barcelona, cabría hacerse la pregunta: ¿ha creado Cs en los últimos años estructuras suficientes para abastecer de cuadros técnicos a sus futuros Gobiernos? Lo dudo. Pero, sobre todo, ¿cuál es la política llevada a cabo por los dirigentes de Cs para captar, atraer y estimular a los mejores de la sociedad, a los independientes, para colaborar en las tareas gubernamentales? Tampoco aquí, a tenor de lo visto en Andalucía, creo que podamos ser muy optimistas.

Los límites de la política de alianzas, de cuadros y de colaboración con los independientes solo podrían superarse, en mi opinión, si este partido, que ha animado más que cualquier otro la regeneración democrática, es capaz de aplicarse el principio capital del funcionamiento de la democracia: el de autolimitación. No hay democracia sin limitación en el ejercicio del poder, incluido el poder de los partidos políticos. O sea, no me refiero solo a la capacidad de limitación, por ejemplo, de mandatos de los cargos directivos del partido, sino al reconocimiento de que un partido político solo y por sí mismo, en una sociedad compleja y desarrollada como la española, es incapaz de dar respuesta a los graves problemas que tenemos planteados. Acaso por eso, hoy es más valido que ayer el principio de que un partido vale tanto como personas independientes son capaces de apoyarlo.

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