Muerte de la política

Agapito Maestre

"Élites hacia ninguna parte" es el título de un curioso artículo del sociólogo Víctor Pérez-Díaz, en el diario El Mundo, cuya tesis clave comparto con pocos matices, si se dejara expresar de la siguiente guisa: hay una oportunidad para toda la sociedad en la duda que tienen los políticos sobre su propio quehacer y vocación; sí, los políticos nos habrían llevado a la negación de la política, a la construcción de bienes en común desde diferentes posiciones intelectuales, hasta dejarla reducida a la dialéctica amigo-enemigo. Sin embargo, solo ellos podrían sacarnos de este atolladero, naturalmente, si aprendieran la lección de esa ciudadanía que exige más sentido común, más sentido moral y, por lo tanto, más sentido de los límites de la vida política. Eso es, en efecto, la genuina política, tener sentido de los límites. Ser realista. Un político no puede y, sobre todo, no debe prometer a los ciudadanos traerles el cielo a la tierra. Solo quien tiene sentido de los límites de la política, o sea quien se atiene a lo real, está en disposición de sacarnos del marasmo de unas propuestas utópicas y revolucionarias. Catastróficas.

La política, pues, es necesaria. Sigue siendo el destino de nuestro tiempo. No se trata de definir una política buena frente a otra mala, sino de aceptar que solo cabe optar por una política menos mala. El diagnóstico no puede ser más orteguiano. Vital. Los políticos nos han conducido al caos y, nos guste más o menos, solo ellos podrían sacarnos de él si renuncian a la política idealista, a la política del cuadrado redondo, y se atienen a la realidad: ni el localismo nacionalista se impondrá a los globalistas de salón, ni el melifluo cosmopolitismo podrá poner fin a unas identidades colectivas de carácter nacional. En fin, detrás de la jerga sociológica del columnista, las tesis que defienden son claras y distintas. Cartesianas.

Por eso, en términos abstractos, que generalmente están inspirados por alguna intuición concreta por parte de quien la formula, acepto de buen grado la tesis de que las elites políticas se pongan en cuestión a sí mismas por sus fracasos y, obviamente, que eso sea compatible "con la posibilidad de su conversión, o reconversión. (Son, digamos, redimibles)". También me parece plausible, al menos sobre el papel, que esa posibilidad de redención de nuestra clase política abreve o se nutra en las reservas de sentido común y sentido moral de nuestra sociedad civil más desarrollada. Sin embargo, la realidad, permítanme la utilización de este terrible término metafísico que ahora no puedo justificar, nos dice que ese diagnóstico es muy optimista. E ingenuo. Creo que lo real, que en este caso sería lo verdadero, es decir que nuestra élite política se ha convertido en una casta, incapaz de superar el esquema anacrónico izquierda-derecha, que actúa al margen de las demandas sensatas de la sociedad civil más desarrollada desde el punto de vista material y moral.

Me parece más sensato y realista considerar que vivimos en una crisis de la Sociedad, del Estado y de la Nación, que ha hecho de lo excepcional una situación de normalidad. O sea, vivimos instalados en una sociedad encanallada. ¿O acaso no es un síntoma terrible de encanallamiento que tengamos un presidente del Gobierno apoyado por los golpistas de Cataluña? No es necesario poner más ejemplos para ilustrar la situación de terrible anormalidad política y democrática en la que vive España. No obstante, aplaudo el loable ánimo del columnista, a todas luces enraizado en el mejor estoicismo español, que trata de hacer de la necesidad virtud, y hallar en una supuesta perplejidad de las elites políticas una pizca de autocrítica, capaz de transformarse y evolucionar hasta ejercer bien su oficio. Pero, en verdad, yo no veo esa perplejidad o desazón de los políticos por ninguna parte. Creo que eso es más un desideratum del articulista que una mediación real. Tengo la sensación de que la palabra autocrítica está ausente del vocabulario de la élite política española, que no sólo ha elevado a canon político la dialéctica amigo-enemigo, buenos y malos, para definirse a sí misma, sino que huye como de la peste del principal problema de nuestro país: la construcción democrática de una nación de seres humanos libres e iguales ante la ley. La élite política no se autocrítica y, lo que es más grave, desprecia a quienes le señalan el camino de su redención, la sociedad civil, entre otras razones porque ella ha contribuido de modo decisivo a su degradación.

En efecto, aunque miremos con piedad nuestra llamada sociedad civil, no podemos sustraernos de algunas evidencias al alcance de cualquiera con un poco de sentido común; sí, nuestra sociedad civil es cada vez más escuálida y dependiente de los poderes del Estado, por ejemplo, ¿cuántos medios de comunicación podrían sobrevivir sin las ayudas del Estado?, ¿cuántas famosas organizaciones no gubernamentales son dependientes del Gobierno? ¿Puede ser, en verdad, nuestra sociedad civil el factor dinamizador de una casta política que tiende a identificar, o sea a confundir, sin límite alguno su poder con el saber y con el derecho? Lo dudo; pero si en vez de hablar de sociedad civil nos referimos al pueblo o la población española, tampoco podemos ser muy optimistas; para rebajarnos unos grados nuestra esperanza estoica en el noble pueblo español, bastaría con fijarse en las singularidades de los programas de televisión más vistos por los españoles: zafios, políticamente correctos, o peor, fanatizados.

Pero si de la TVE pasamos a enumerar los grandes debates intelectuales de nuestro país, tampoco hay muchas señales para aceptar en el escenario emancipador que nos sugiere el columnista. Ni hay debates ni existen intelectuales capaces de enfrentarse a una casta política, a unos poderes gubernamentales, que han fanatizado el país. Sobresale y predomina por todas partes la lengua asalariada de periodistas y escritores sin conciencia. Vivimos en un sistema social y político, repito, encanallado, porque ha hecho de la anormalidad y la excepción algo normal. Repare, señor Pérez Díaz, hasta qué punto vivimos en una sociedad desquiciada, en un encanallamiento permanente, duradero y hasta sostenible por todas nuestras élites, que yo mismo que trato de dialogar con usted, de ponerle alguna objeción a su discurso, dudo de que pudiera hacerlo en su medio de comunicación. Estas líneas no me las publicarían ni como cartas al director. El motivo, el cruel motivo, de este encanallamiento es sencillo de observar. Ha desaparecido del espacio público el gran remedio que usted propone para sanar los grandes males de España: la "amistad cívica".

Sí, amigo Pérez Díaz, la "amistad cívica" es su gran solución para salir de los peores males de nuestro país. Y yo, naturalmente, no puedo estar más acuerdo con esa expresión, que lleva adentro una parte de la teoría política más avanzada de la civilización occidental, la convivencia con el adversario, incluso con el enemigo político. Estoy tan de acuerdo con usted, señor Pérez Díaz, que a pensar esa bellísima expresión he dedicado gran parte de mi vida. Pero, ay, la amistad cívica no existe en España. Ha desaparecido en los últimos años de la democracia postfranquista. Su lugar lo ocupa, o mejor, lo ocupamos la canalla, o sea, las llamadas élites políticas, periodísticas e intelectuales. Pero eso lo dejamos para otro día que hablemos sin retrancas estoicas y nihilistas, o sea, que tratemos de verdad el gran fracaso del liberalismo y la democracia en España. Sólo a partir de ese fracaso podemos plantear las vías reales para crear una nueva élite política. Esos eran en síntesis mis modestos matices a la sugerente tesis sociológica de Pérez Díaz.

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