Maquinaria destructora

Agapito Maestre

Nada hará Sánchez para proteger el derecho del niño de Canet de Mar a recibir un 25% de enseñanza en español. Hay mil explicaciones para condenar moral y políticamente su pasividad. Otras tantas interpretaciones existen para despreciar el aliento y estímulo que da el Gobierno a los separatistas para que persigan a quienes cumplen la ley. Hay, sin embargo, una justificación, una causa o una motivación (recurro a las cursivas para resaltar la irracionalidad de ese tipo de razones) que clarifica la infame actitud del Gobierno. Es el denominador común de todas las especulaciones sobre la conducta rastrera de Sánchez. Es determinante de la vileza política que vive España. Es una constante que soporta a la coalición gubernamental. Está presente a lo largo de toda la historia del socialismo español. Es su principal fuerza. Es la más obvia. A veces, a lo largo de la historia de España, esa potencia fue utilizada con una virulencia propia de comunidades salvajes. Pero ahora no llegará la sangre al río. El analfabetismo político es tan grande que será suficiente simular neutralidad entre el niño y la faramalla separatista. En verdad, al Gobierno de España nada le importa el niño de Canet. A Sánchez no le preocupa ninguna otra cosa que no sea mantenerse en el Gobierno. Y para ello solo tiene una cosa que maneja a su antojo. Está ahí delante de nosotros, pero no queremos verlo. Me refiero al propio PSOE, o mejor, Partido. El resto sobra.

Mientras no queramos enterarnos dónde reside la energía destructora del Gobierno de España no entenderemos qué está pasando ante nuestros propios ojos desde hace décadas. La concepción de partido de los socialistas nos ha traído a estos lodazales en la vida política. La marca PSOE es terrorífica. Nunca atiende a lo que está fuera del partido. El PSOE siempre fue un partido extraño en el socialismo europeo. Nunca tuvo claro qué es la democracia. Nunca ha creído, especialmente desde la época de Gonzalez y Guerra, en el equilibrio de poderes. Cualquiera que conozca un poco su historia podrá percibir fácilmente que su idea de partido está por encima de la Nación y del Estado. Sus dirigentes representan la quintaesencia del leninismo.

El exponente máximo de partido leninista en Europa es el PSOE. Está consiguiendo de una tacada acabar con la Nación, el Estado y, por supuesto, pasar de los dictados más o menos jurídicos de la Unión Europea. Muerto en términos ideológicos hace décadas, su maquinaría dicta mucho de estar ajada, vieja y desengrasada. El felipismo, o mejor dicho, los trece años de ejercicio personalísimo del poder de Felipe González mediante un partido sin sentido nacional, que siempre creyó ser sustituto del Estado, y gobernando a golpe de lo que se considerase más popular en cada momento, consolidó a este partido en lo que siempre fue: una maquinaria para mantenerse en el poder por el poder. Zapatero persistió en seguir pisoteando la Nación, ocupó toda la Administración con el partido e hizo del oportunismo su bandera. Sánchez está llevando al extremo el felipismo y el zapaterismo. Lo hace en un estilo bestial y sin disimulos: el partido está por encima de todo. Y el partido soy yo. Quien olvide este aspecto del socialismo español jamás entenderá nada de lo que está pasando. Repitamos, pues, lo obvio: para los dirigentes socialistas siempre ha contado más el partido que el Estado, y, por supuesto, la idea de nación siempre fue una pieza para vender al mejor postor en el mercadeo político.

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