Libertario e insurrecto

Agapito Maestre

España es un basurero político. La democracia es un vocablo para tapar lo evidente: las instituciones políticas en España están muertas. La gente se conforma con ir tirando. El personal corriente se engaña con falsas esperanzas. Creen con la fe del imbécil que se disolverá la banda gubernamental de Sánchez y más pronto que tarde habrá elecciones generales. Y llegará al poder un fulano que solo quiere sosiego, calma y paz de cementerio. Son pobres consolaciones para un país muerto en términos políticos, culturales y educativos. Ni la banda se disolverá ni habrá elecciones. ¿Qué hacer entonces para salir de la cosa? Recen los creyentes y griten los ciudadanos contra la gentuza política, sindical, empresarial, académica y periodística que nos ha llevado a esta situación.

¡Rezar y gritar! ¡Gritar y rezar! Eso es todo. La exclamación es más que un signo ortográfico. Es un reclamo para iniciar un programa político que nos libere del hedor de este estercolero político. Dejo el rezo para la intimidad de los creyentes. Y me concentro en la imprecación; más aún, les exhorto a que griten con todas sus fuerzas. Griten con ganas, sí, contra ustedes mismos, contra su reticencia al escándalo, contra su propia cobardía para convertir el grito en un discurso liberador de la inmundicia política a que nos han llevado las castas dirigentes de un país sin Nación y pronto sin Estado. Griten contra la banda de Sánchez, sin otro objetivo que destrozar lo poco que queda de racionalidad institucional para aumentar sus cuentas corrientes, y contra la Oposición, sí, encárense a voces también contra esta panda de melifluos políticos con un solo fin: heredar las miserias que les dejarán los exterroristas, los separatistas, los comunistas y los socialistas. Griten contra los partidos políticos, los sindicatos, las patronales y toda la patulea académica que traga con el rollo de una democracia sin Estado de derecho, una Reglamentación sin Ley y un sistema político e ideológico desprovisto de cualquier asomo de idea de España.

Gritemos para liberarnos de los miles de grilletes que nos ponen todos los días los dirigentes de este país. Hagamos del clamor público, político y moral algo más que una forma de desahogo espiritual y moral. Convirtamos el juramento público en un mayúsculo NO contra esta ruina política. Elevemos el NO a categoría política, porque hoy carecemos de otra base mejor, acaso fundamento, para desarrollarnos como seres humanos libres. Seamos todos los días y a todas horas contradictores públicos. Genuinos ciudadanos. Rebelémonos contra las barbaridades que nos imponen unas élites políticas e intelectuales sin cerebro y sin corazón. Seamos insumisos. No tengamos miedo a decir: yo no trago con este rollo de democracia cada cuatro años. No tengamos miedo a protestar contra esa añagaza, porque estamos diciendo una verdad; sí, quienes protestan contra la mentira de la reducción de la democracia a una regla aritmética, no son unos vulgares exhibicionistas públicos de sus pequeño egos, sino que están mostrado una verdad, una razón, que vibra en sus voces ciudadanas.

No es, pues, el tiempo de las justificaciones, de las razones sobre un pasado o un futuro ilusorios e idealizados, sino de decir, sencillamente, NO a la casta política que ha hecho del establecimiento político una sentina. Seamos rebeldes. Increpémosles. ¡Consigamos que al menos nos aplaudan un rato esa banda de canallas que se dicen comunistas, socialistas y separatistas! Sólo nos queda eso o sobrevivir como esclavos y, de vez en cuando, simular que se hace algo para limpiar el corral. La actitud insurrecta es nuestra salvación. Y, además, está al alcance de cualquier ciudadano. No es necesaria una doctrina ni una ideología para convertirse en un libertario. Conozco un insurrecto de verdad. Es un hombre que ama la Tierra, cree en Dios, la Familia y la Tradición, pero jamás acepta ni rechaza a priori creencia alguna. Está abierto a todo salvo a tragar con el orden establecido sin rechistar. No es un tipo sumiso. Es un libertario. Le basta con respetar la Ley con mayúscula. No confunde el respeto a la Ley, a la ley justa, diría un castizo, con miles de "leyes empíricas" (decretos, ordenanzas y todo tipo de reglamentaciones) que pretenden encarnarla. El libertario tiene un instinto, casi un olfato animal, para oler y descubrir las trampas de la esclavitud y la servidumbre. Es la base de su ciudadanía. Es, al fin, el instinto ciudadano su tabla de salvación. Le permite ver cuando otros cierran los ojos, y hablar, gritar, clamar, cuando la mayoría calla.

Y, sin embargo, hoy, en España, la insurrección es mínima. Domina la sumisión y la cobardía. Por eso, precisamente, defiendo al libertario. No tengo remedio. Lo mío sigue siendo la defensa de las causas perdidas. Morales. Ojalá algún día se conviertan en políticas.

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