La impostura política y periodística

Agapito Maestre

Creo que la impostura política es muy parecida a la periodística en la España actual. No tiene solución sin que reconozcamos el problema. Sí, la mayoría de los periodistas españoles ven la política y los políticos no de modo directo sino con las gafas o anteojeras del cine. Eligen un modelo, una fórmula o unas imágenes de un película para dar cuenta, informar dicen ellos, de la realidad. Tratan de explicar el comportamiento, por ejemplo, de un político contándonos, o peor, citándonos la forma de proceder un determinado personaje de una película. No diré yo que sea esa la mejor manera de ocultar la realidad, pero sí que impide levantar acta de lo evidente. ¿Es necesario dar tantos rodeos para contarnos qué sucede en la esfera política? No lo sé. Quizá sean buenos esos circunloquios para hacer literatura, pero a veces son prolijos y ocultan lo decisivo.

Por ejemplo, el otro día, un periodista de El Mundo comparaba a Sánchez con Leonard Zelig, el personaje central de la película del mismo nombre de Woody Allen, un camaleón humano sin ninguna convicción, dispuesto a mutarse con cualquiera con tal de sobrevivir en el poder. De acuerdo. ¡Sánchez es como Zelig! Pero, cabe preguntarse, ¿acaso lo que se predica de Pedro Sánchez, especialmente su nadería de camaleón, su falta de sustancia, no podría decirse de sus adversarios políticos?, ¿no son el resto de líderes políticos muy parecidos a Zelig?, en verdad, ¿no tienen los directores de periódicos, los periodistas y los escritores de columnas, como yo mismo, algo en común con Zelig? Esa es la tragedia de nuestro tiempo. El mismo Allen es un calco de su personaje Zelig. De hecho, como si solo existiera Zelig, todo el cine de este director es una repetición, a veces burda y chabacana, de este personaje, el principal y único protagonista de toda su obra. Estamos ante un cine doctrinario. Ideológico. Y, seguramente, sin demasiado arte. Su único mensaje es que no existe el individuo auténtico. Todo el cine de Allen, sus tramas y argumentos, repiten la fórmula: el cine no es una vida de repuesto, sino una vida impostada. Falsa. Todo es cartón piedra.

He ahí, también yo repito, el gran placebo para que una sociedad de hombres-masa, en el sentido que le dio a esta expresión Ortega, siga sin enterarse de que se muere por obtusa… La estulticia es absoluta. Universal. Si la forma de ver las cosas, el mundo y la vida, es el engaño del cine de Allen, entonces apaga y vámonos. Si el periodismo sigue viendo el mundo con el adoctrinamiento de Allen, a saber, la carencia absoluta de una verdadera identidad del ser humano, entonces vamos directamente al abismo. Si el periodismo niega la idea de excelencia, o sea de que el hombre pueda construirse permanentemente, entonces caerá fácilmente en las garras del nazi Heidegger: el hombre no tiene identidad. Este director, y su fórmula de Zelig, repite de modo vulgar el cuento de Heidegger acerca de la inautenticidad de toda existencia. El ser humano solo es un papel, un rol diría un sociólogo norteamericano, impuesto o prescrito por otros. Mentira. Por eso todas las películas de Allen son mentiras: ocultan la realidad. El protagonista de sus películas no es, desgraciadamente, el protagonista de su vida: no se casa con la mujer que quiere; trabaja en lo que le imponen otros; está dirigido, naturalmente, por la tradición, en este caso judía; en fin, este hombre traga con todo, especialmente, traga con no considerarse nada. Un esclavo. He ahí el modelo de las películas de Allen. No hay posibilidad de ser idéntico si no es por prescripción de otro. Con un par. Desaparece cualquier posibilidad de identidad. De Yo. Es imposible, insisto, una existencia auténtica. Haga, viene a decir este señor, lo que yo: viva con la cara. Si estoy con los negros, digo que soy negro; vive como un gánster, cuando está con los mafiosos; acepte sin estridencias, incluso el mal de amores, todo lo que le echen… Acepte, sí, como un esclavo todo lo que venga.

En las antípodas del gran estoicismo de todos los tiempos, Allen nos adoctrina sobre la superficialidad de la vida. ¡Majadero! Aléjense de esa ideología. Mancha. En fin, alguien, intelectual, artista, director de cine o cualquier otra profesión "del espíritu", incluidos los directores de periódicos, que oculta la complejidad de la realidad, de la vida, no es un verdadero profesional de ese arte. Es solo un ideólogo. Nada. Frente al modelo de Woody Allen para sobrevivir en el siglo XXI hay un centón de referencias para hacer buen periodismo, por ejemplo, visiten la exposición de Balthus, en el Reina Sofía, y hallarán fácilmente que todo ser humano alberga algo que no pertenece a los códigos normativos de lo social. Se trata de un "fondo abisal" (Eckhart), invariable, que quizá jamás pueda comunicarse, pero que tenemos la obligación de buscarlo para no caer en la indigencia intelectual.

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