La fuerza de la Nación

Agapito Maestre

Escribo sobre Andalucía con un profundo respeto por el acontecimiento democrático del 2 de diciembre. Entre dudas y entusiasmos, entre contingencias y certezas, escribo con espíritu alegre, contento, muy contento, con esos resultados electorales; pero mi jovialidad no me permite hacer juegos malabares con algunas de las ideas que, durante las últimas décadas, me han asistido para interpretar ahora la caída del régimen político, cuasi autoritario, instalado en Andalucía desde hace treinta y seis años. Escribo con ánimo comprensivo, político, sobre lo sucedido el 2 de diciembre. Escribo con humildad intelectual y sin creerme más listo que nadie. Guarden silencio, por favor, quienes no sean capaces de reconocer sus fracasos y debilidades a la hora de interpretar los fenómenos políticos que, al fin, no son sino manifestaciones de la historia de una nación. Escribamos sobre lo sucedido en Andalucía con el ánimo de hallar ideas con las cuales puedan, como reconocía el maestro de la razón vital, los demás hombres vivir. El intelectual, como intérprete de la realidad política, no es nada más, y también nada menos, que un artesano, un carpintero o un albañil.

Salvo las mentalidades más cerriles y reaccionarias, fanáticas e intransigentes, nadie con un poco de sentido común dejará de estar contento por los resultados electorales de Andalucía. Abren a todos, a todos, la posibilidad de regenerarse, empezando por el partido que ha convertido a una región rica y próspera, alegre y vital, en un paradigma de atraso y corrupción, de tristeza y desempleo. El paro estructural de Andalucía es el más grande de Europa, y la educación, la sanidad y el sistema de comunicaciones están en los últimos lugares de la cola de España; y, por si fuera poco, dos expresidentes de la Junta de Andalucía están procesados por corrupción… El PSOE tiene la oportunidad de volver a vivir con dignidad y caminar con paso erguido por España si asume su derrota y corrije su principal error: poner al partido por encima de la región, de la Nación, de España. El PSOE tiene la gran ocasión de rectificar su empecinamiento cantonalista y bolchevique, trágico en 1934 y 1936, inane entre el 39 y el 75, y suicida desde el año 2004, con la llegada al poder de Rodríguez Zapatero después del mayor atentado terrorista de la historia de España.

El PSOE tendrá tiempo, pues, para repensar de dónde procede su odio a España, es decir, reconstruir sus bases nacionales, aquellas que defendieron grandes socialistas, como Julián Besteiro o Enrique Múgica, que siempre pusieron a Espña por encima del cantonalismo y el bolchevismo. El PSOE reconstruirá su base nacional, en verdad, si previamente destruye su mayor prejuicio, su gran falsedad, en fin, su ideología sobre la historia entera de España, a saber, toda la construcción de España habría estado mal hecha desde los Reyes Católicos. O el PSOE hace autocrítica sobre esa mentira o terminará desquiciado, por decirlo suavemente, como su actual secretario general. O el PSOE se corrige o pasará a la Historia, junto a la cutre y reaccionaria ideología nacionalista, como un partido que mata lo que le da vida: España.

Los resultados electorales del 2 de diciembre son una oportunidad para que Andalucía se convierta en el eje clave de la regeneración de la política española. Alegrémonos del cambio político exigido por los ciudadanos de Andalucía, que no lo esperaban ni los más inteligentes estudiosos de esta región, entre los que destaca por encima de todos el periodista y filósofo Pedro de Tena, y despreciemos con dejadez intelectual el cerrilismo criminal que exhiben las universidades y los medios de comunicación al servicio del socialismo, que no dejan de bramar sobre la llegada del demonio a sus lares. ¡Majaderos! Reconozcamos con modestia intelectual que el radical cambio político, demandado por el pueblo de Andalucía, no fueron capaces de preverlo los más críticos del régimen político andaluz, montado sobre la identificación del partido socialista con la administración de Andalucía, ni tampoco los melifluos sabihondillos de corta y pega, politólogos de la nada, que se protegen bajo la cabecera del periódico El Mundo de ser llamados por su nombre: oportunistas. Por cierto, entre algunos críticos del régimen socialista y los oportunistas empieza a abrirse un canal de comunicación que los iguala en estulticia, unos y otros tienden a presentar a Vox como "el envés de Podemos". Terrible. Desconocen los motivos reales, en verdad, la razón honda de los andaluces para votar por su emancipación de los grilletes del socialismo. Desconocen por completo el poderío de las fuerzas de la Historia contenidas en una idea grandiosa, en un sentimiento digno de ser racionalizable, que lleva el nombre de España. O aprenden pronto el significado de esa palabra o se callan. Alguien que no sabe qué es la Nación, en mi opinión, está descalificado para dar consejos políticos. En fin.

Pero, ay, si los previsores del cambio político fueron ineptos para entender que a través de un medio legítimo, las elecciones autonómicas, la nación española, que yace medio moribunda en algunos territorios, era capaz de revivir en un medio hostil, montando sobre la dialéctica amigo-enemigo, cuidémonos ahora de los listos que ya han encerrado en sus crueles esquemas de blanco o negro, o peor, de bloques, esos resultados electorales. Los analistas políticos, los intelectuales, no están para formar bloques sino para arrojar luz. También aquí será necesaria mucha humildad para no equivocar a nadie. Empecemos por corregir falsos lenguajes: no hay un bloque de derechas, sino tres partidos democráticos, tres opciones limpias y nítidas en su defensa de España, que se vigilarán, por fortuna, entre ellos para que no caigan en la tentación totalitaria de confundir el partido con el Estado-nación

Por lo tanto, esperemos que la luz de mediodía del 2 de diciembre no ciegue nuestra vista. En otras palabras, el diagnóstico es claro y afirmativo: la sociedad andaluza ha votado cambio, pero las fuerzas políticas reaccionarias intentan ocultarlo, negarlo o pervertirlo. El pronóstico también es obvio pero interrogativo: ¿estarán los partidos políticos a la altura de la nueva circunstancia histórica creada por la Nación? Soy escéptico, muy escéptico, sobre la capacidad de los partidos políticos en general, y de sus dirigentes en particular, para estar a la altura del gran cambio que exige su pueblo, su nación, pero, sin duda alguna, existen un par de razones para la esperanza, pero eso se lo cuento otro día. No quiero hacerme pesado.

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