La enfermedad infantil del columnismo

Agapito Maestre

Me invitan a un evento festivo de una asociación de antiguos alumnos de un colegio mayor fundado por uno de los grandes del periodismo español de comienzos del siglo veinte, Ángel Herrera Oria. Participará como estrella invitada el director de El Mundo, Francisco Rosell, que dará a los asociados una conferencia con el título: El papel de la prensa en la sociedad actual. No asistiré por motivos laborales. Lo lamento. Trataré de justificar mi ausencia con una brevísima meditación, en realidad, solo transmito una sensación, una perplejidad, que me produce el nuevo columnismo político. Me cuesta entenderlo. Leo y releo la prensa, pero no consigo saber qué está pasando en España. A veces no consigo ni siquiera comprender qué están diciendo los periodistas. No entiendo su escritura. Contrasta la sintaxis de estos nuevos analistas con los viejos periodistas que surgieron durante la Transición.

En aquella época hubo, en mi opinión, un periodismo de excelencia, serio y documentado, que se extendió hasta la década de los noventa. La información se elaboraba y servía con relativa decencia. La opinión surgía de un trabajoso esfuerzo de argumentación. Se valoraba la eficacia más o menos práctica de los razonamientos. Y, finalmente, el periodista trataba de distinguir entre lo malo y lo bueno, entre el bien y el mal, y procuraba darnos criterios universales para orientarnos. Nada de eso existe ya como algo cotidiano. El periodismo libre y esforzado es una excepción. Cuando renacieron los enfrentamientos de las dos Españas, especialmente en la época de Rodríguez Zapatero, cuando se legisló sobre la memoria histórica y se hizo de la Guerra Civil cuestión ideológica clave para perseguir a la Oposición, el análisis político se resintió. Ahí estaba el principio del fin de la Transición, seguramente de la democracia del 78, que ahora agoniza, entre los dimes y diretes de la narcodictadura de Maduro y el golpe de Estado de los criminales separatistas, sin que la prensa nos dé razón de su desaparición. La prensa no cumple su destino. Rehusa levantar acta de lo que sucede. La prensa libre, pues, ha muerto.

La ideología mató también el periodismo, porque siguió las pautas y los derroteros de un Gobierno que no argumentaba, le daba igual lo real y nunca quiso distinguir entre el bien y el mal. Eso era, como decía mi querido Gustavo Bueno, "pensamiento Alicia", ideología, que no resolvía problema alguno, pero estaba dirigido a la acción de una casta política con un único objetivo: perpetuarse en el poder sin importarle el bienestar y la libertad de los ciudadanos. Y, por supuesto, hacer de la casa común de los españoles mangas y capirotes. ¿España? Que le parta un rayo, decía con facundia la entera casta política, incluida la etapa de Rajoy. La cuestión era colocarse y vivir del régimen. Éste era el argumentario clave de los políticos y los periodistas. Por ese camino la prensa libre desapareció hace tiempo en España y apenas hay un análisis político que corresponda con la realidad de la vida pública. Lo decisivo era prestarle la voz a quien te hubiera colocado. La prensa, hoy, no es nada más que la prolongación de la ideología del poderoso.

Hay excepciones. Obvio. Mas el periodismo crítico está al borde de la extinción. Los medios de comunicación que no se resienten de un régimen político en almoneda se cuentan con los dedos de una sola mano… Por eso, sí, la ideología y la superficialidad lo invaden todo. Televisiones, radios y prensa escrita ocultan, cuando no tergiversan, para desgracia de los ciudadanos, la realidad. Por no hablar de la patológica sensiblería que utilizan algunos para ahorrarse el trabajo del razonamiento. Tengo la sensación de que hemos vuelto a lo peor del franquismo, especialmente entre los columnistas políticos, que escriben a favor del régimen o se escapan de la realidad. Quizá nadie quiere reconocer una obviedad. El entreguismo y el escapismo son reflejos de una falta de libertades que produce pavor. Entre el entreguismo a los editores, que pagan a veces con generosidad, y la servidumbre voluntaria al régimen dizque democrático, todo el columnismo político, salvo raras excepciones, se divide entre el costumbrismo y la superficialidad más peligrosa. Cualquier cosa es buena, incluso las malas metáforas, para no decir nada sobre qué está sucediendo en una nación casi muerta. El cabezazo de Redondo a Torra fue grave, pero demorarse páginas y páginas en la cosa revela una superficialidad en el análisis que clama al cielo.

Siento, pues, queridos amigos y antiguos colegiales del Colegio Mayor Pío XII y Residencia Pío XI, nostalgia del gran periodismo político. Ni la información que se nos da está contrastada ni apenas se investiga. Yo leo la prensa, escucho la radio y veo la televisión, pero tengo que confesar públicamente que apenas hallo algo que me hable de lo real. Sobresale la fórmula, la ideología y el prejuicio sobre el análisis político. Las columnas políticas está trufadas de "estilismo", como decía César Alonso de los Ríos, enfermedad infantil del columnismo. Abunda el amaneramiento de la expresión y la búsqueda de la frase bonita; porque nada tiene que decirse, sí, domina la retórica costumbrista sobre la buena literatura surgida del análisis puro y duro de la política. Lo importante es cobrar y sobrevivir sin molestar jamás a los editores, a los magnates de la comunicación, quienes a su vez obedecen con delectación a unas terminales políticas de oscura legitimidad.

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