Inmoralidad de los científicos

Agapito Maestre

Si el futuro moral de este país dependiese de la reacción de la comunidad científica contra los abusos del poder político, entonces diría que el principal mal de este país no es político ni económico sino moral. España hoy es un país absolutamente desmoralizado. Y lo seguirá siendo, sin duda alguna, si la mayoría de sus científicos siguen plegándose a los dictados del poder político. Ésta es la otra gran tragedia de España. Peor, mucho peor, que el grado de inmoralidad de nuestros políticos es el de nuestros científicos. Me explico: el futuro del sistema democrático de España está al borde del no-ser. Digo al borde, sí, porque aún nos quedan algunos resquicios, pequeñas aberturas democráticas en nuestras instituciones, por los que pudieran entrar algunos rayos de esperanza liberal, libertaria, en fin, savia nueva que regenerase el propio sistema. No descarto la aparición de algo o alguien que quizá salve lo poco que queda de la división de poderes, incluso que se tome muy en serio que nunca habrá democracia, genuina política, sin que el poderoso se autolimite en el ejercicio del poder. Existen algunos indicios para creer en la aparición de algún líder, partido político, junta democrática o Gobierno de emergencia nacional que ponga límites con inteligencia política y contundencia moral a los desmanes de este Gobierno social-comunista.

En efecto, soy de la opinión de que al sistema democrático aún le quedan ciertas reservas, no demasiadas, que pudieran utilizarse para fracturar la obsesión totalitaria de Sánchez-Iglesias. Sin embargo, tengo la sensación de que una de ellas ha desaparecido por completo. Había una reserva intelectual para regenerar el sistema que, desgraciadamente, esta pandemia se la ha llevado por delante. Me parece que ha desaparecido la posibilidad de que la comunidad científica pusiera contra las cuerdas a un conjunto de políticos profesionales, sin otro objetivo que seguir detentado el poder. Creo que el poder del conocimiento ha sido triturado por la presión cuasi totalitaria de este Gobierno. Ha fracasado por completo el poderío intelectual y, sobre todo, moral y político que podría haber tenido la ciencia, los científicos españoles, en esta tragedia del CV-19 para contrarrestar la maldad de un Gobierno que no ha cesado un solo instante de escudar todas sus decisiones en lo que le indicaba un comité de expertos científicos.

La terrible identificación que ha hecho el Gobierno de Sánchez-Iglesias entre sus decisiones, a todas luces mal planificadas y peor ejecutadas, y lo pensado y elaborado por un "comité científico" no sólo no ha sido respondida y criticada por la comunidad científica, sino que a veces ha sido respaldada de modo tan obsceno que nos hace sentir vergüenza ajena. Es la misma némesis, así llamaban los griegos al sentimiento de justa indignación ante las indignidades ajenas, que he sentido cuando un miembro de la CRUE (Conferencia de Rectores de la Universidad Española), el rector de la Autónoma de Madrid, justificaba que el Gobierno no les hubiera contestado, después de transcurrido un mes, a su propuesta de auxilio científico para detener la pandemia del CV-19. Similar indignación he sentido ante las declaraciones de Mariano Barbacid, otro miembro eminente de nuestra comunidad científica, cuando ha afirmado: "Es inevitable pensar que uno habría tomado otras decisiones de haber desempeñado ciertos cargos, pero trato de mantenerme fiel al viejo aforismo del zapatero y sus quehaceres. Solo me permito opinar sobre lo que concierne a la investigación científica". He ahí la quintaesencia de un irresponsable moral, de un científico que abandona su obligación ciudadana de enfrentarse al poder por el bien de su comunidad. Ni Rafael Garesse Alarcón ni Mariano Barbacid han estado al nivel moral que, en el pasado, pusieron a la comunidad científica española Santiago Ramón y Cajal y Gregorio Marañón. De este último recojo estas palabras para que la comunidad científica española sepa qué es la dignidad de un científico:

En cada país la multitud piensa lo que piensan unas cuantas docenas de cabezas. Y en España esas cabezas han decidido no pensar nada fuera de sus técnicas y entregar la génesis de la opinión nacional a los profesionales del politiqueo. Pero sin una conciencia política, la eficacia de las técnicas más perfectas será tan efímera, a la larga tan estéril, que, si es preciso sacrificar la técnica para salvar el interés político, debe hacerse con la certeza de que se ha servido a la causa de la civilización.

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