Hablemos de la nación

Agapito Maestre

A miles de españoles no les gusta el gentilicio de España. Normalmente suele ser gente resentida con la historia, el presente y hasta el futuro de España. También abundan los fanatizados entre los que desprecian su nacionalidad. Pobres. Es para tenerles lástima. Huyen de lo real para esconderse detrás de cualquier ismoSe esconden al abrigo de gentilicios locales y regionales, o peor, de un cosmopolitismo de cartón piedra. Allá esta gente con sus manías. Lo siento por ellos. Yo soy solo español. He nacido aquí y asumo con cierta dignidad mi destino. Me siento a gusto con el gentilicio de mi país: España. He escrito miles de páginas en favor de la nación española y otras tantas contra el nacionalismo, corrupción de la nacionalidad. Además, trato de pensar mi nacionalidad. Y siempre que lo hago, siento la punzada del miedo. Lo venzo escribiendo. Trato de imitar a los toreros: busco el valor por el camino más corto: por el miedo. No lo puedo remediar, me gusta hablar como español contra el nacionalismo.

Pero no es de mis sentimientos personales de los que deseo escribirles una cuantas líneas, sino de la importancia que tiene la cuestión para dejarla simplemente en manos de los especialistas y sabios sobre la nación y sus conceptos más próximos. Porque ellos, debido a su misma especialización, han llegado a ciertas conclusiones más o menos objetivas, o, al menos, susceptibles de ser objetivables, sobre el significado de la nación, la nacionalidad, el nacionalismo, la desnacionalización y otras nociones similares, sería deseable que confrontasen sus visiones cuasi-científicas con las mantenidas por los ciudadanos de a pie, profanos en ciencia, y forzosamente subjetivas, arbitrarias y hasta mitológicas.

Salgan, pues, los especialistas a la calle y contrasten su conclusiones sobre la nación con la de la mayoría de los ciudadanos españoles. Salgan a confrontar su fórmula con la mía, con la expresada por un yo autobiográfico —yo español con documento nacional de identidad número x— cuya única aspiración es diluirse con otros yo de significado personal hasta conformar con ellos eso que se llama sentido común. Salgan y expliquen los sabios historiadores, antropólogos, politólogos, etcétera, a los que no somos especialistas que se puede ser español sin ser nacionalista, más aún, que ese amor al gentilicio de España no está reñido con una forma suave de patriotismo. Hoy es más necesario que nunca este contraste, porque la balcanización de España ha afectado de modo dramático al ámbito de la lengua y la literatura.

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