Fortalecimiento del autoritarismo

Agapito Maestre

La oposición no tiene capacidad para detener la deriva autoritaria del régimen político impuesto por Sánchez-Iglesias. Quizá un triunfo de Feijóo en las elecciones de Galicia abriría un camino, siempre difícil y tortuoso, en España para dejar a un lado la ironía y a otro el radicalismo sobre la viabilidad de la democracia española. Pero nadie se engañe con raras oscilaciones entre políticas de fe y políticas de escepticismo, porque aquí solo hay un agente político con una extraordinaria lucidez: el Gobierno de Sánchez-Iglesias. Por desgracia, esa inteligencia no tiene otro afán de servicio que no sea el autoritarismo. Perpetuarse en el poder obstruyendo cualquier alternancia de gobierno. Oposición de la oposición. Eso es todo.

El fin del estado de alarma ha traído, por desgracia, un fortalecimiento de los mecanismos autoritarios impuestos por este Gobierno desde su llegada al poder. Sí, seamos realistas; levantemos acta de lo evidente: la envergadura de las crisis sanitaria, económica y social sufrida por los españoles con la enfermedad de la covid-19 no sólo no ha conseguido limar los aspectos más sombríos y autoritarios de este Gobierno, sino que los ha potenciado hasta límites insospechados para cualquier benévolo militante o votante de la socialdemocracia clásica. La Europa más democrática está escandalizada con este Gobierno populista. El Gobierno de Sánchez-Iglesias no solo no quiere negociar nada con la oposición, sino que pretende destruirla. Los engranajes de esta "democradura" funcionan tan bien que están haciendo fracasar, por decirlo suavemente, todos los mecanismos democráticos de control, obstrucción y enjuiciamiento de un gobierno autoritario.

La democradura española, escondida en ropajes democráticos, avanza sin que nadie consiga ponerle límites. Mil pruebas existen acerca del fortalecimiento de los instrumentos autoritarios impuestos por Sánchez-Iglesias a un país que deambula, como si estuviera perdido, entre la utopía y el desengaño. Basta mirar con candor ciudadano e ingenuidad filosófica las cosas, la realidad, para hallar autoritarismo en las páginas de la prensa, en el comportamiento despectivo de los gobernantes con los ciudadanos, en los debates parlamentarios, en los silencios de quiénes deberían explicarse ante sus presuntas conductas delictivas y delictuosas, etcétera. Citaré tres, solo tres, de las mil pruebas de esta deriva autoritaria del régimen político español.

Más allá de la citada debilidad, si es que no se trata de algo peor, de la oposición para detener el proceso de reforzamiento de los mecanismos autoritarios del Gobierno, mencionaré, en primer lugar, esa funesta manía totalitaria del Gobierno por imponer el precio de las cosas, por ejemplo, el de los alquileres de la vivienda; en segundo lugar, rehuir sistemáticamente el análisis político del indigno comportamiento de la Fiscalía General del Estado en general, y de algunos fiscales en particular, ante el caso del vicepresidente segundo del Gobierno; y, en tercer lugar, la imposición de un lenguaje totalitario a toda la población, por ejemplo, "nueva normalidad", que implica un afán de perpetuarse en el poder sin ningún tipo de Oposición.

No es menor esa última cuestión, la del lenguaje, porque refleja y explícita la principal baza de las democraduras, a saber, el ánimo autoritario de refundar, a partir de victorias pírricas en las urnas o Gobiernos débiles de coalición, un régimen político sin alternancia. Cuando todo, empezando por la situación de catástrofe económica, pasando por la crisis sanitaria, hasta la crisis social, haría suponer que no hay otra salida económica, social y política para España que un Gobierno fuerte de amplio consenso nacional, es decir, un Gobierno de salvación nacional conformado por las dos principales fuerzas políticas, el Gobierno impone una "nueva normalidad", como los Gobiernos más populistas y autoritarios se legitiman con el relato de que debe comenzar una nueva era del pueblo. En fin, entre la conformación de un Gobierno de amplia representación nacional y un Gobierno autoritario, Sánchez ha optado por el segundo. Por eso insiste en reforzar todos los mecanismos autoritarios que ejemplifiquen cada día más que la ruptura ha sido consumada. La irreversibilidad del orden nuevo tiene que asumirse como un hecho. El autoritario mensaje de Sánchez-Iglesias es sencillo de retener: nadie moverá, pase lo que pase en la Audiencia Nacional, en la Fiscalía General del Estado, o en Europa, o en la ruina entera del país, la coalición entre socialistas y comunistas.

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