Estupor cínico

Agapito Maestre

El negocio del poder funciona regularmente sin apenas contradicciones. Los poderosos de los partidos políticos trincan y desprecian a sus votantes. Se trata de un negocio entre tres oligarquías para que todo siga igual. El caso de Cataluña es de libro. Respaldados por los empresarios eclesiásticos, que nada les importa de su feligresía religiosa, los grandes empresarios de la política, casi todos los partidos, están de acuerdo con los empresarios económicos para que las cosas sigan más o menos como están, es decir, encanalladas. El personal tiene que acostumbrarse a vivir en el golpe de Estado permanente. El dado por el Gobierno catalán, en 2017, marca el ritmo y la melodía de este sinvivir político de las 17 tribus que componen un país de arévacos y vetones enfrentados en una lucha ridícula y sin final. Es menester para la industria política que todos los votantes vivan excitados y hagan de la anormalidad algo cotidiano.

España, sí, vive encanallada, porque hace pasar por ordinario lo extraordinario y por consuetudinario lo excepcional. No es nuevo el asunto. Forma parte decisiva de nuestra tradición. Vivir en la paradoja y la oscuridad. Está recogida con detalles cómicos y estrafalarios en el texto Constitucional de 1978; no hace falta citar todo el título VIII, nos basta con recordar la segunda parte del artículo 2: se “reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas”. Nadie se haga, pues, ilusiones. Los separatistas seguirán gobernando en Cataluña, mientras mantienen a sus títeres en La Moncloa. Y para certificar la cosa se ha montado un proceso electoral circense, en plena pandemia de la covid-19, sin otro objetivo que renovar la tradicional cobardía española con los separatistas catalanes, aún más cobardes que el resto de los españoles porque no se atreven a reconocer lo evidente: no son nada sin España. ¡Se imaginan a un Rufián de presidente de la republiqueta catalana! En fin, la política española se reduce a una mala lucha dialéctica entre cobardes.

En este encanallado contexto, las declaraciones de Casado a favor de las tesis separatistas han causado un cierto estupor en los medios de comunicación. Altas dosis de cinismo contiene esta reacción de sorpresa exagerada ante la conducta cómplice de Casado con el separatismo catalán, porque después de todo, después de los aspavientos que montaron con la antigua portavoz del PP, la cosa era más que previsible. Era necesaria. Sí, el presidente actual del PP reproduce la política de Fraga, Aznar y Rajoy con los enemigos de la unidad de España: comprensión y, a veces, estímulo para que sigan persistiendo en su criminal conducta contra la nación española. Nada es nuevo en el PP. Todo es viejo y ajado. Su tradicionalismo es de manual escolar. Los actuales dirigentes de este partido repiten los fundamentos de su partido: “dejemos el poder a los separatistas en Cataluña para que nos dejen gobernar a nosotros en España”. O sea, es la misma política del PSOE. O sea son todos la misma mierda. O sea, la cosa no es estupefaciente sino cínica. Y, luego, preguntarán con la desfachatez del estúpido: ¿por qué se ha instalado Vox como eje central de la política española?

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