Estilo español de vida

Agapito Maestre

España es a la vez "madrastra de tus [sus] hijos verdaderos", por decirlo con el verso genial de Lope, como creadora de ciento de magníficas personalidades, individualidades, que salvo en su país tienen repercusión en el mundo entero. Esta singularidad española, con su poso de tragedia, ha sido estudiada por grandes humanistas, filósofos y literatos españoles de todos los tiempos. Ortega y Gasset y Américo Castro, por poner solo dos ejemplos, destacan que nuestras autoridades intelectuales, artísticas y científicas, escuchadas más allá de España, jamás consiguieron formar grupos coherentes de minorías selectas con entidad suficiente para influir sobre el pueblo. Es obvio que los dirigentes políticos españoles, en casi todas las épocas de nuestra historia, se encargaron de talar los posibles efectos benéficos de las individualidades españolas sobre el pueblo.

El político español es temible en relación con sus minorías intelectuales. Nunca deja descansar su mano izquierda, ni por un momento cede a otro, a no ser que sea de su casta, la rienda del poder, y tampoco deja de restallar constantemente el látigo que lleva en su derecha. Rienda y látigo, como nos recuerda Cela, son los instrumentos de la casta política española para triturar a sus pensadores y artistas. Los políticos españoles, no importa ahora su ideología, no han permitido que sus minorías selectas, sus mentes creativas, lleguen al pueblo. O sea que tengo poca, por no decir ninguna, esperanza sobre el influjo que pudiera tener hoy la opinión de un intelectual, pongamos por ejemplo, para combatir a los secesionistas catalanes.

Sin embargo, reconozco que, entre nuestros intelectuales y minorías selectas, existen algunos que no cesan en esa labor de tratar de influir sobre el pueblo e incluso sobre los propios políticos. En fin, tengo en la más alta estima al pensador, literato o profesor que trata de orientar a la sociedad para resolver sus problemas. Francesc de Carreras es uno de esos infatigables que se ha preocupado por resolver la cuestión catalana. Pero hoy lo traigo aquí para disentir de sus análisis de la sociedad catalana durante el franquismo. Mantiene este profesor, en su La defensa espiral del silencio, que "el falangismo catalán existió, pero no llegó nunca, ni en los años cuarenta, a ser dominante". Falso.

La tendencia falangista del franquismo tuvo en Cataluña tanta importancia como en el resto de España. Para probar mi parecer sólo recordaré algunos ejemplos ilustres de falangistas catalanes. Déjemos aparte a su primer escritor en catalán, Josep Pla, que estuvo con el levantamiento militar, incluso se lo pidió a Casares Quiroga unos días antes del 18 de julio, y apoyó siempre a Franco; y recordemos ya a los Eugenios, el primero y principal es Eugenio d’Ors, sí, ya sé, don Eugenio vivía en Madrid, pero quien residía en Barcelona, y aún le da nombre a uno de los premios literarios más importantes de España, fue Eugenio Nadal. Todavía en los años sesenta las Ciudades de España, libro con ilustraciones de Nadal, se presentaba con una hojita de propaganda donde vemos al autor con uniforme militar y héroe de la Cruzada. Juan Ramón Masoliver dice por esa época de Nadal:

Ser católico, amar a España y su obra universalista, tener fe en los destinos de la patria plenamente poseída y del ideal religioso y, por tanto, del ideal universalista, esto es ser patriota, esto es ser españolista.

Franquistas hubo, pues, en Cataluña desde el primer momento hasta el último. ¿Por qué algunos catalanes quieren ocultar lo evidente? ¿O es que acaso Agustí, Pla, Fonta, Verges y todos los fundadores de la revista Destino en Burgos, durante la Guerra Civil, no estuvieron con Franco? ¿Por qué no reconocer que el creador de la historiografía nacionalista catalana, Vicens Vives, fue un falangista de correaje duro y escribió, en 1941, Geopolítica del Estado y del Imperio? ¿O es que acaso los historiadores del separatismo catalán no conocen los artículos Jaume Vicens Vives en favor del III Reich? ¿ ¿Por qué hemos de callar el pasado falangista de Manuel Sacristán, la editora Esther Tusquets y tantas otras personas? En fin, yo me quedaré solo, viviré en soledad, o sea, sufriré el castigo, el eterno castigo al que se siempre se sometió a los trabajadores del intelecto en España, pero no me voy a dejar de dar el gusto de recordar lo evidente: hubo tantos falangistas en Cataluña, o quizá más, que en el resto de España.

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