El 'novum' de la historia

Agapito Maestre

Todo estaba escrito en los rostros de Sánchez y Casado. Sus impenetrables caretos hablaban por ellos. Habitaban en un lugar extraño. La cara de Pedro Sánchez era idéntica a la de Pedro Páramo: el muerto viviente de la novela más quevedesca y genial de la literatura del siglo veinte. Todo el Congreso de los Diputados parecía hoy el reino de Comala en la sesión de control al Gobierno. El sueño de la muerte de Quevedo se transformó en una peregrinación de almas en pena. El grandioso Juan Rulfo viene en nuestra ayuda para entender qué está pasando en esta Comala española. Sánchez está tan muerto como Casado. Vive en un país de muertos y no quiere enterarse. Pero el hedor del fiambre ha llegado a todos los rincones del país. El pueblo no es tonto. Todo el mundo pudo ver el velatorio. Casado, el caído del PP, ha conseguido transformar a Pedro Sánchez, el del PSOE, en Pedro Páramo, el protagonista más famoso de la literatura mexicana. Será un buen cártel electoral: ¡Todo por la resurrección de Pedro Páramo! Hagamos cualquier cosa, dirán sus socios, para que no se desmorone "como si fuera un montón de piedras".

Los españoles asisten atónitos a este tenebroso espectáculo titulado diálogo de muertos. Pero será inútil; sí, cuanto más hable Pedro Sánchez con los jefes de los sindicatos, el fulano de la patronal, un tal Garamendi, las señoras Yolanda Díaz e Irene Montero, los señores de los ropones negros de la Justicia, e incluso con el diputado del PP que le aprobó la reforma laboral, más se le pondrá cara de Pedro Páramo. Porque no hay salida del reino de Comala, no le quedará otra salida que convocar elecciones. No se acostumbra uno fácilmente a vivir entre muertos, aunque se llame como el padre de Juan Preciado. El Gobierno sanchista, aparte de infame, es grotesco. La cacería que ha montado contra Díaz Ayuso le saldrá cara. Ya nadie se deja engañar por la palabrería del presidente de Gobierno más débil de la historia reciente de España. La honestidad y la templanza, la valentía y la honestidad son virtudes que los españoles alaban pocas veces de modo universal, y menos las buscarán en una casa del reino de los muertos: el Parlamento. El pueblo es muy realista. Sabe que nada hay que rascar en una institución corroída por la venganza y la envidia. El Parlamento también está muerto.

Terrible fue la declaración de Pedro Páramo en la sesión de despedida de Casado del Congreso de los Diputados: "No convocaré elecciones". O sea que puede hacerlo el día menos pensado. Los partidos de la coalición del Gobierno huelen a cadáver. Nadie escucha a los comunistas, y a los exterroristas y separatistas se les desprecia. La prensa del régimen tiene menos influencia en los electorados que cualquier influencer o como se diga de las redes sociales. La deuda de España es tan alta que pronto los chinos nos comprarán como un regalo navideño. Y así, queridos lectores, nadie con un poco de inteligencia política puede dejar de reconocer que esto ya no da mucho de sí. Cuánto más aguante, más dura será su caída. O Páramo convoca elecciones o vivirá para siempre en Comala. Ya no puede ir ni a Don Benito y Villanueva de la Serena. Y a los del PP sólo les queda una opción: o llaman rápido, pronto y con claridad a Díaz Ayuso o les sucederá lo mismo que al bueno de Landelino Lavilla, que pasó de 170 escaños a 15.

¿Cómo no preocuparse del devenir de las relaciones entre el PSOE y el PP? Claro que nos importa a todos la crisis del PP y su aliado socialista. Los dos siguen implicados en asesinar una de las alternativas vivas en España. Por suerte, la novedad de este triste proceso histórico está a la vista: la ciudadanía, los millones de españoles sufrientes, puede llevarse por delante a los dos partidos políticos que han transformado España en el Reino de Comala. De la muerte.

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