Dios y España

Agapito Maestre

Sánchez hizo un balance de sus doce meses al frente del Gobierno. O sea, llevó a cabo una faena de autoalabanza de su gestión. Nada. Él se sabe, perfectamente, su papel. Mentir, mentir y mentir. Con un único objetivo: destruir, destruir y destruir. Por eso está ahí, sí, para destruir incluso la ruina de lo destruido. No admite en modo alguno que los ciudadanos españoles vivamos con dignidad sobre ruinas. Él quiere que doblemos la columna vertebral ante su inmenso poder. Él y los suyos están empeñados en convertir esto, lo que queda de España, en un solar totalmente deforestado. No quieren oír hablar de nada que no sean ellos mismos. Nada de apelaciones a instituciones normales. Nada de propuestas realistas y sensatas. Todo tiene que ser encanallamiento y miserabilización del entorno.

Si queda algo sano en la Constitución, por ejemplo, la institución de la Corona, es menester rebajarlo y, más tarde, destruirlo. Porque él sabe perfectamente que la gente normal, el ciudadano español, desconecta cuando habla a sus fanatizados seguidores, siempre manda un mensaje amenazador para que le presten un poco de atención. Nos zarandea cogiéndonos de las solapas. Trata de acobardarnos. Mantenernos asustados como animales maltratados. Sus comparecencias generan miedo, temor y espanto. Y lo consigue con creces. El miedo, sí, es otra vez la base de la democradura, es decir, la imposición de un régimen dictatorial por el uso perverso de las instituciones democráticas. Su presencia ante los medios de comunicación solo quería transmitir un mensaje represor: meteré en cintura al Rey por su defensa de la Constitución.

El fundamento de este Gobierno es meter miedo. Cuando el presidente del Consejo olvida que es el portavoz del miedo, se lo recuerdan sus aliados comunistas, extrerroristas y separatistas. Fue el caso de su última comparecencia: el Rey, el Jefe del Estado, comerá en las manos de los socialistas, comunistas y separatistas. Sí, Iglesias le escribió con letras mayúsculas la consigna: el Gobierno prepara una ley, una norma represora del más fuerte sobre el más débil, para limitar aún más los poderes que la Constitución le otorga al jefe del Estado. El discurso de Nochebuena de Felipe VI había que minimizarlo por completo: la defensa de la Constitución hecha por el Rey no es nada al lado del proceso represor iniciado por el Gobierno contra el Jefe del Estado.

Si alguien albergaba alguna esperanza, después de oír el discurso del Rey en Nochebuena, olvídese y vuelva, insistía Sánchez, a la cruda realidad: aquí solo mandan los socialistas. El tipo sabe bien su papel. Lo aprendió en la escuela de Felipe González, Alfonso Guerra y Rodríguez Zapatero: después de los socialistas, el diluvio universal. Por esos andurriales, queridos lectores, ni Dios lo tendrá fácil para salvar a la tierra de María Santísima. Ni siquiera Dios, como rogaba Unamuno, salvará a España de los socialistas. Seguro que Sánchez ha llamado ya a los miles de teólogos y teólogas del PSOE, para que le asesoren cómo enfrentarse al dogma ortodoxo de la creación ex nihilo y en tiempo de la creación personal del mundo por Dios. Seguro que ya ha recibido un informe completo de Victoria Camps y Amelia Valcárcel, ilustres teólogas socialistas que jamás se cansan de hablar de Dios, para que asuma con su proverbial verborrea el panteísmo, identificación de Dios con el mundo; el ateísmo, mundo sin Dios; el acosmismo, Dios sin mundo; el dualismo, que separa, distingue y supone un mundo independiente de Dios. Seguro que Sánchez ha empollando su próximo discurso a los españoles. Nos ha resuelto uno de los problemas capitales de todos los tiempos. Pronto sabremos que las complejas y difíciles relaciones entre el mundo y su Creador han desaparecido. Sánchez ha ocupado el lugar de Dios.

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