¡Dictadura de la Tristeza!

Agapito Maestre

Domina la Dictadura de la Tristeza. Tristeza es más que una palabra. Es el sentimiento que invade la Perla del Caribe de España. Hace más de veinte años, perdónenme la cita, describí mi primera impresión de Cuba con ese vocablo. Había llegado a la Dictadura de la Tristeza. Nunca lo he olvidado, pero ayer, cuando me lo recordaba Pedro de Tena, sentí que no había otra palabra mejor para describir la sombra de mi alma ante los balbuceos de una señorita atildada con ropajes caros y bien peinada. Cuando fue interrogada por un periodista sobre qué tipo de régimen político es Cuba, la portavoz del Gobierno de España decía incoherencias, o peor, simulaba maldad. La crueldad del personaje estaba a la vista de todos. La risa forzada y la oscuridad de palabra de la portavoz delataban la perversidad de todo un Gobierno.

Jamás pensé que la anacrónica tiranía cubana llegara a ser fuente de inspiración política en España, menos todavía que fuera pilar central de un Gobierno a la deriva, pero una y otra, aunque cueste creerlo, son clave para mantenerse Sánchez en el poder. Los comunistas españoles dependen tanto del régimen cubano como Sánchez de los comunistas de Podemos. Desolación provoca el éxito del sistema comunista de Cuba en el Gobierno español. La señorita repeinada no pudo denunciar la tiranía, sencillamente, porque era su principal fuente de legitimación. Sentí con dolor, pues, lo mismo que hace veinte años percibí en Cuba. Me invadió un sentimiento de pena del que nunca he podido escapar. He vuelto a percibir con sumo pesar que varias generaciones de seres libres habían sido engañadas con las palabras fraternidad y solidaridad. En boca de los socialistas y los comunistas esos vocablos se vuelven armas letales. Pervierten la esperanza en aflicción y la vitalidad en amargura. Conforman la argamasa de la Dictadura de la Tristeza.

Aunque la melancólica tristeza de la persona rara vez se olvida, hay gente que se vuelve triste por la manía de ocultar, un olvido sin final, sus tristezas en plural y con minúscula. Todo eso lo supe con certeza en mi visita a Cuba, un país del que hasta su corteza me resultaba familiar. Lo vi con claridad paseando por el malecón de La Habana. Estaba en el País de la Tristeza. Sus mejores poetas lo vieron con claridad: los poderosos comunistas hacia tiempo, demasiado tiempo, desde 1959, que habían decretado el fin de las tristezas. La Tristeza era singular y con mayúscula. Eso, exactamente, volví a ver ayer, cuando una señorita con poder, una ministra de Sánchez, decretaba el fin de las tristezas al decir "España es una democracia". ¡Qué bochorno! Si España tuviera cuajo democrático, no se legitimaría apoyando a una dictadura sanguinaria…

Las tristezas son nuestras fieles acompañantes. Son nuestras sombras. Solo indirectamente podemos mirarlas. He vuelto a descubrir que, gracias a las tristezas, los cubanos han logrado sobrevivir a su sanguinario régimen; gracias a ese noble sentimiento, ese peculiar estado del alma, han conseguido dignificar sus existencias maltratadas. Los españoles vamos por el mismo camino. Mucho podemos aprender de los poetas cubanos de los cincuenta, sesenta y setenta, de los Virgilio Piñera, José Lezama Lima, Eliseo Diego, Dulce María Loynaz y tantos otros poetas de Cuba. Su lección fue clara. Sabían que el pueblo, los cubanos, nunca se acostumbraría a la Dictadura de la Tristeza, y por eso celebraban un día sí y otro también sus tristezas. Era una forma de reírse de la Dictadura. De vivir sin dogmas. De celebrar la poesía, la vida.

No preguntemos, por lo tanto, por el ser de nada. No insistamos en saber qué es Cuba. Menos aún interroguemos a un político sobre el ser España y su relación con Cuba. La filosofía ya no pregunta. Solo revela. El pensamiento muestra todo eso que está a la vista de todos. Las ciudades de Cuba, la más bella isla de las Españas, se caen a pedazos, y la población trata de huir por todos los medios. Los criminales matan a quienes gritan: "Patria y vida". ¿Para qué preguntar? Basta mirar. Por una vez, hagamos caso a la filosofía de lengua española, a la poesía, no preguntemos. Abramos los ojos para ver la Tristeza, la Dictadura de la Tristeza, de Cuba y España. No es la hora de los interrogantes sino de la vida, de la poesía, que, como dijera el malogrado poeta Luis Rogelio Nogueras, en el final del sentido poema dedicado a Zoe Valdés,

no quiere probar nada, simple como un niño,
como un número.

Ojalá la simpleza del niño, adelanto feliz de la sencillez del buen ciudadano, nos anuncie el triunfo de una actividad insólita: la paciencia. Hoy por hoy, es una loable fuerza de resistencia contra la Dictadura de la Tristeza.

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