Diario de la pandemia. Mentirosos y aislados

Agapito Maestre

Madrid, sábado 14 de agosto

Aislados

"Lo estamos pasando tan mal que resulta difícil darse cuenta". Fue una frase de un periodista muy inteligente de la Transición. Ricardo Cid murió muy joven, pero si hoy se levantara de su tumba y contemplase el espectáculo de un país sin Gobierno, y, peor todavía, sin élites culturales y políticas dignas de tal nombre, regresaría a escape de donde salió. Y volvería a insistirnos: "Lo estáis pasando tan mal que no os enteráis de la cosa". Este país no tiene solución. Ha vuelto a perder el ritmo de la Historia. La propaganda se ha hecho dueña de la política. Una vez que los propagandistas se apoderaron de la verdad, el resto se les ha dado por añadidura. No hay salida. La España eterna tiene el Gobierno que se merece. No, por favor, no quería escribir esa frase, pero lo he hecho… Lo asumo con pesar. Es la carga que todo español honrado lleva a las costillas. Sangre, sudor y lágrimas. Y mucha miseria cultural y moral.

Sí, lo estamos pasando mal, y lo pasaremos peor, sencillamente, porque estamos aislados. Sánchez nos ha aislado del mundo civilizado. España es vista otra vez como una ‘nación’ extraña. Rara. El Gobierno lo sabe y cultiva con delectación perversa el aislacionismo, incluso echa de España a su primer embajador durante cuarenta años, Juan Carlos I. El aislacionismo no contiene ninguna política internacional. Está repleto de pragmatismo de hoy para mañana y de juicios morales, por no decir prejuicios, sobre la Historia. Ni el empirismo ni el moralismo entienden la Historia, y menos todavía la historia de la Unión Europea. La UE para los españoles del 2020 es solo un placebo para morir con cierta serenidad. El aislacionismo es la primera deriva de la mentira instalada en España; por poner un solo ejemplo de esta antipolítica internacional, USA castiga a la industria aeroespacial europea en el trasero de los agricultores españoles, o sea, sustituye las aceitunas negras de aquí por las de Portugal y Marruecos, y nos hacemos los lelos…

Aislados estamos. Aquí no viene nadie, porque, además de no fiarse del Gobierno más embustero del mundo, España no existe como nación. Ha faltado estrategia nacional, dicen los periodistas más listos, para afrontar los problemas de la desescalada de la covid-19, y se quedan tan felices en sus nichos editoriales. Falso. Sin Nación, sin ciudadanos a la altura de la Historia, no puede haber estrategia alguna ni contra la desescalada ni contra nada… Esto es un desierto.

La educación no existe. ¿Educación nacional? ¡Qué será eso! Nada. La educación, especialmente la educación histórica, desapareció por completo con la famosa ley del Gobierno socialista de Zapatero y la remató Rajoy. Ahora solo queda una señora que se llama Celaá. Su prosodia es parecida a su ideología. Impostura. El caos es tan atroz en la enseñanza que ni siquiera sabemos qué pasará dentro de quince días. ¿Empezará o no el curso de modo presencial? ¡Quién sabe! Y si empieza, ya ha dicho el sociata de turno, un tal Lambán, que hay correr el riesgo: "Porque todo el mundo sabe que los niños infectarán por completo el país de coronavirus".

La ruina económica y sanitaria de España es un pálido reflejo de la ruina moral y cultural de un país de espalda a su historia. Cuesta percibir los aromas del talento y la libertad de un país entregado, subyugado y persuadido por los dictados apestosos de Sánchez-Iglesias. ¡Quien no sienta vergüenza de la cosa española es un idiota!

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