Desconfianza absoluta

Agapito Maestre

La tragedia de España está a la vista de todos. Casi destrozada la nación, ahora asistimos al fin del Estado. Esto, España en 2020, tiene poco que ver con el 98 del siglo XIX. Es mucho peor. Dejen de llorar, pues, los pesimistas y levanten acta de lo que hay. Hagamos el diagnóstico de la enfermedad. No veo otra forma de enfrentarla. El Estado es apenas solo un ente para reprimir a los ciudadanos. No se trata de que un Gobierno de socialistas y comunistas, apoyados por separatistas, tenga el propósito de destruir las instituciones, sino de algo más grave: asistimos ya a su destrucción. Sentimos su destrucción. Su ruina. ¿O cómo hemos de entender que el vicepresidente del Gobierno diga que es la hora de echar al Jefe del Estado y montar una república? Podemos reírnos de esas declaraciones, e incluso lamentarnos de que los españoles no tenemos remedio, pero lo grave es que estamos en un régimen político que nadie confía en él si no es para esquilmarlo.

La sensación de que vivimos en un Estado fallido es difícil de quitársela de encima. Y, naturalmente, buscamos culpables de esa destrucción. Y, cómo no, pronto nos aparecen nombres de tipos sin escrúpulos y sin inteligencia. Y aquí los nombres son obvios, además de Zapatero, primer causante de darle todo a los terroristas y separatistas, está el displicente Rajoy, el listillo Rivera y Sánchez, que legitima este final de fiesta destruyendo con delectación lo poco que queda de Estado. En este contexto de decadencia moral de régimen del 78, me han impresionado los datos que daba Francisco Sosa Wagner, en un artículo en El Mundo:

En el Congreso un 30% de sus componentes o no creen en el Estado o no creen en la Constitución o no creen en España, o en ninguna de las tres cosas, un rosario de descreencias que han desestabilizado el sistema convirtiéndolo en un artefacto macilento y desmedrado.

¿Podemos hacer algo los ciudadanos para reparar el artefacto? Me temo lo peor. Las encuestas tampoco son para tirar cohetes. El personal se mueve menos que sus tristes líderes. El sectarismo es dominante. No hay política. Todo es agitación y propaganda. Así las cosas, la grita recibida por Sánchez en la Puerta del Sol es un leve síntoma de vitalidad de la sociedad española. Es la cólera del español sentado. No creo que eso tenga una traducción sencilla en las instituciones políticas, entre otros motivos, porque los partidos que deberían canalizar ese malestar no están por la labor. Los partidos políticos huyen despavoridos de los ciudadanos que les proponen cualquier iniciativa. Y, desde luego, no es mala iniciativa ciudadana gritarle a Sánchez a todas horas, y en cualquier situación, que es el principal causante de la pésima gestión de la pandemia de la covid-19…

Pero, si pasamos de la rabia de la calle a los estudios de los partidos, podemos llevarnos más de una sorpresa. Más allá de las acusaciones mutuas, todas llenas de sectarismo y arrogancia, entre los políticos, no resulta sencillo hallar documentos que desmonten las miles de mentiras del Gobierno. ¿Dónde están los análisis críticos, documentados, razonados y expuestos con claridad y distinción por parte de los partidos políticos de la oposición? No digo que no existan, yo mismo conozco muy buenos informes, pero desde luego no son de los partidos de la oposición. Por eso, reitero la pregunta: ¿dónde hallar los documentos críticos de la oposición contra la negligente gestión de Sánchez-Iglesias? Y, supuesto que existieran esos informes, ¿dónde hallamos a sus principales divulgadores?

Esta falta de ilustración política por parte de la oposición, aparte de revelar torpeza, ha dado alas al Gobierno para crear una estrategia de socialización de culpas que está dando al traste con cualquier posibilidad de que los ciudadanos sepan a qué atenerse. La penosa sensación de vivir en una especie de Estado fallido, en verdad, una burbuja de miedo, es la antesala de una sociedad totalitaria.

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