¿Cómo se hace una columna sobre China y Rusia?

Agapito Maestre

De mil maneras y como Dios nos da a entender. Yo procuro acercarme al tema con cierta humildad. Y temblor. O sea nunca escribo de aquello que no sé. Quizá sea el único consejo que sigo de un maestro del periodismo político, mi recordado César Alonso de los Ríos. Primero trato de informarme del asunto. Después contrasto conmigo mismo esas informaciones. Y siempre diálogo, discuto y porfío con aquellas opiniones que están lejos de mi posición. La opinión dominante, la políticamente correcta, la impuesta por el poder es la que más provoca mi reflexión. Cuanto más arbitraria sea la posición del poderoso, más ácida y apasionada será mi columna en fondo y forma.

Lo siento por los que no compartan mis criterios periodísticos, pero así es la vida de este columnista. Imagino que no soy el único comprometido con la búsqueda de la verdad; al contrario, soy uno más de los miles de periodistas y trabajadores intelectuales que defienden sus posiciones con pasión. Nunca he creído en los diálogos sin pasiones. La razón es apasionada o es pura ideología. Defiendo, pues, mis posiciones con vehemencia, entusiasmo y una gota de escepticismo. Nadie está en posesión de la Verdad.

Les cuento todo este rollo, queridos lectores, porque una persona sensata me ha sugerido que rebaje mi tono en la crítica a Putin de mis dos últimos artículos y, sobre todo, que no sea insultante con las posiciones de aquellos que consideran que no es mala idea tratar de colaborar con Putin para que nos defienda de China. Quizá le asista una parte de razón a mi amigo, según le concedo en animada plática, pero siempre que tenga ocasión criticaré al autócrata ruso, el último de una saga que comenzó con Lenin, que mantiene en la miseria a millones de rusos. Y sobre todo no pararé de cuestionar a quienes nos indican de modo cínico e irenista, gente disfrazada con el atuendo estoico, que pactemos con Putin para que nos defienda de China. Eso es, insisto, alimento cocinado por la derechona europea y recalentado por la izquierdona para que Occidente, y más concreto la UE, muera plácidamente de cobardía. La democracia, o mejor, sus ideales –libertad e igualdad de derechos ante la ley– es para todos o no es. La UE tiene la obligación moral de exigir libertades y democracia allí donde no las haya, como es el caso de Rusia.

Y, además, me reservaré el privilegio de llamarles estultos a quienes insistan en decir que Rusia no depende de China. A los datos aportados en mi última columna para estudiar las dependencias de la Rusia de Putin del imperio Chino de Xi Jinping añadiré hoy otros cuantos y un video, grabado por unos ciudadanos rusos anónimos, que ilustran mi tesis. Agradezco buena parte de estos materiales a mi amigo Boris Cimorra, nacido en Moscú en 1945 y uno de los hombres que, en España, más saben de la caída del imperio soviético y la resurrección o neosovietización de la Rusia de Putin.

Millones son los chinos que viven en las regiones rusas que limitan con China. Aunque realmente nadie sabe cuántos son. La estadística oficial no refleja la situación real; la rusa sólo cuenta con los chinos que residen legalmente en Rusia y no superan los 40.000. Repartidos casi por igual entre Moscú y la zona de Lejano Oriente ruso fronteriza con China. Parece una broma que en la capital de Rusia haya casi el mismo número de chinos que en la frontera con China; eso da a entender mejor el grado de seriedad de las estadísticas del régimen de Putin. Una chapuza. Según los chinos, que tampoco son muy dados a decir la verdad, en Rusia puede haber cerca de medio millón de chinos. Por supuesto, ninguna de estas estadísticas calcula el número de chinos que cruzan ilegalmente la frontera con Rusia y se establecen allí, se casan con las rusas y sus hijos ya son ciudadanos rusos, tampoco contemplan los chinos que llegan a Rusia con visado turístico y se quedan, y mucho menos indagan en las múltiples formas de emigrar a Rusia desde China. Ese mundo escapa del cálculo de las estadísticas oficiales. Pero es obvio que estamos hablando no de decenas de miles, sino de millones de chinos entrando en Rusia; sirva de ejemplo un dato oficial chino: visitan Rusia cada año entre 1 y 1,5 millones de turistas chinos. Y la inmensa mayoría no lo hacen a Moscú, sino a los territorios fronterizos en el Lejano Oriente.

Pero que el asunto es preocupante no lo digo yo, sino que se refleja en estas palabras de Putin: "Si no tomamos medidas urgentes para el desarrollo real del Lejano Oriente, en varios decenios la población rusa de allí hablará en chino, coreano y japonés". Por tanto, hablar del número de chinos en Rusia es muy complicado. Más aún si tenemos en cuenta que la densidad de población en esa zona de China es 40 veces más alta que en Rusia (160 personas por kilómetro cuadrado en China y 4 en Rusia), entonces nadie dudará de que es el lugar ideal y único para expandirse. El peligro es real. Natural. Hay otros datos preocupantes para Rusia; por ejemplo, en China existen cerca de 60 millones de jóvenes chinos que no encuentran pareja en su país, ya que durante muchos años en China estuvo prohibido tener más de un hijo por pareja y las parejas preferían tener niños y no niñas… El potencial de emigración de los jóvenes chinos a Rusia en búsqueda de pareja es colosal.

En cuanto a las relaciones comerciales ruso-chinas, dicho grosso modo, el intercambio comercial es deficitario para Rusia: importa más que exporta. En el año 2016 exportó por valor de 28.000 millones de dólares e importó por 38.000 millones, un déficit de 10.000 millones. Rusia exporta principalmente hidrocarburos y gas (más de 60% de todas las exportaciones y otras materias primas, como la madera –casi 10%– en troncos, metales preciosos –9%–, productos del mar –3,5%– y productos químicos). China exporta principalmente maquinaria (cerca del 40%), ropa (casi 25%, incluidos los zapatos y las pieles), productos químicos acabados (10%), muebles (3%).

Rusia, según los años, ocupa el puesto 14-16 entre los principales socios comerciales de China. Mientras China para Rusia es el principal socio comercial (104.000 millones de dólares de todo su intercambio comercial, de 571.500 millones). Con Alemania, que ocupa el segundo puesto, es de 42.000 millones.

¿Se imaginan, queridos lectores, qué significaría para Rusia perder un socio comercial como China? Una catástrofe económica total.

En cuanto a las inversiones de Rusia en China, son cerca de 1.000 millones de dólares, mientras que China invierte en Rusia 10 veces más, principalmente en el sector del petróleo y el gas (incluida la financiación de óleo y gasoductos). Aunque con EEUU este porcentaje ronda el 20%. Esta es la principal área de cooperación, por volumen de negocio. Por ejemplo, el gasoducto desde la Siberia oriental a China transportará 38.000 millones de metros cúbicos al año durante 30 años (compromiso bilateral), con un volumen de negocio de más de 400.000 millones de dólares.

En cuanto al petróleo, en 2016 Rusia exportó a China 47,8 millones de toneladas por un importe de 14.6oo millones de dólares. En 2013 fue firmado un contrato para el suministro de 325 millones de toneladas de crudo durante 25 años. Y así podría seguir citando datos (cooperación en el tema de la energía nuclear, en el transporte y la construcción de las carreteras, etcétera) para justificar que China para Rusia es un socio económico y comercial primordial y uno de sus principales compradores de las materias primas que proporcionan a Rusia las divisas fuertes para comprar en Occidente maquinaria y las tecnologías más avanzadas. Así que Rusia, tal como ahora está su estructura económica, basada en la exportación principalmente de materias primas, está condenada a tener las mejores relaciones con China, y más en estos momentos, cuando las tensiones con el Occidente van creciendo, mermando las relaciones comerciales, y China es capaz de amortizar estas mermas de Rusia con el Occidente.

Si alguien pone en duda la envergadura de la convergencia económica entre China y Rusia que acabo de describir, tendrá que aportarme algún dato. No basta con decir: "Aliémonos con el déspota Putin para que nos defienda del imperialista Xi Jinping". En fin, aquí les dejo un video para ilustrar mis comentarios sobre la relación de Rusia y China, o mejor, para saber quién manda en este eje que tiene loco al resto del mundo. Se trata de un video filmado en la ciudad rusa de Blagoveschensk, situada a la orilla izquierda del río Amur, que sirve de frontera entre Rusia y China. Primero se enseña el edificio más bonito de la ciudad, una casa de cuatro plantas. Y luego aparece la ciudad china al otro lado del Amur. Y los ciudadanos rusos que hacen la grabación comentan el contraste. Finalmente, aparecen los datos sobre el coste del gas para el consumo popular en China y en Rusia, la distancia es abismal entre las dos ciudades que están separadas por un kilómetro escaso. He ahí la diferencia real entre las dos potencias, o mejor, entre un imperio comunista, el chino, y los despojos neosoviéticos de Putin en el Lejano Oriente.

En todo caso, y como denunciara hace años en este periódico con gran precisión Emilio Campmany, lo más preocupante es que

en toda Europa hay partidos dispuestos a ponerse al servicio de Putin. Los hay de derechas, xenófobos, contrarios a la inmigración, ansiosos de recuperar la soberanía cedida a la Unión Europea, que admiran el autoritarismo de Putin. Y los hay de izquierdas, que aborrecen el libre comercio, la globalización, las políticas de austeridad y admiran su antiliberalismo.

Amén.

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