Ceguera voluntaria

Agapito Maestre

Socialistas, comunistas, excomunistas, liberales de pacotilla, demócratas de la nada, tradicionalistas de todo pelaje y, sobre todo, antiamericanos, esos individuos que odian a EEUU por ser la primera democracia del mundo, nutren las filas del totalitarismo ruso. Los hijos de Putin nos rodean por todas partes. Son fáciles de detectar. Basta leer en un periódico de papel para que hallemos unos cuantos; por ejemplo, cuando alguien escribe la expresión criminal de guerra entre comillas referida a Putin, no sólo desconfíen de su inteligencia, sino que también es una prueba de su fidelidad al padre del comunismo neosoviético, Putin. La prensa española es todo un laboratorio para hallar escritores cobardes e intelectuales a su servicio. Estos hijos de Putin son los mismos que en el pasado alabaron el comunismo soviético. No aprendieron nada de las perversidades de la URSS. Al contrario, lo sostuvieron con sus mentiras e infamias. Algo parecido hacen ahora con la Rusia de Putin. Tratan de mantenerlo en alza, cuando ya no creen en él ni sus más cercanos consejeros.

Entre los periodistas e intelectuales españoles, viejos y jóvenes, cultos e incultos, siguen practicando con fruición la ceguera voluntaria. En el pasado lo hicieron con la URSS y persisten ahora con Putin. Ocultan los hechos y no discuten jamás las mentiras de los criminales. Ni siquiera le dan importancia a que hace un mes Putin quisiera ocupar toda Ucrania, pero ahora se conforma con quedarse con Donbás. En fin, ciento son los argumentos y mil las experiencias para llamarle a Putin criminal de guerra, pero sus seguidores españoles reconstruyen a posteriori los hechos para disculpar al criminal. Son mala basura. No sirven ni para abonar la tierra de la ideología totalitaria.

Sin embargo, este tipo de periodista sigue ocupando las portadas y contraportadas de los periódicos de papel, desde hace décadas, para confundir a los pocos lectores que les quedan. La técnica más utilizada por esta mala gente para ocultar su perversidad, que elevó a canon el diario El País a partir de la década de los ochenta del siglo pasado, es, repito, el entrecomillado. Pocos se privan de ese truco para que nadie les tome por lo que no son: periodistas defensores de la verdad. No, ellos demuestran con esa vulgar técnica sus mentiras cobardes. He aquí un ejemplo de esta cobardía que extraigo de la contraportada de un periódico amigo: "El Senado de los Estados Unidos ha aprobado una resolución en la que condena a Putin como ‘criminal de guerra’. Recordemos que también los americanos cometieron crímenes en bombardeos intensivos con napalm. No olvidemos la matanza de My Lai…". O sea que el periodista nunca le llamaría criminal de guerra a Putin, y, de paso, cambia de tema, vieja técnica del periodismo ramplón, para no profundizar en la atrocidad de Putin: la invasión de un país soberano y libre. ¡Terrible!

La conducta de ese periodista es tan terrible como la de quienes justifican, todavía hoy, su vieja colaboración con el totalitarismo comunista por buena fe. Eran personas, dicen ellos para justificar su vieja militancia, de buena fe; creían en los ideales comunistas. Tratan de salvarse. No quieren hurgar en lo que se esconde detrás de la buena fe: la voluntad de no ser libres. Eichmann, el carnicero de Auschwitz, también actuaba de buena fe al servicio de su nación… Sí, la ceguera voluntaria de un periodista es solo otra dimensión de la "servidumbre voluntaria". No quieren oír hablar del asunto fundamental: su querencia a no ser libres, su amor por la disciplina de pensamiento y acción. Ocultan su tendencia a la autoridad, al orden y a la uniformidad.

En verdad, y esto es lo más horrible, el comunismo del pasado ha infundido en los hijos de Putin una "capacidad", quizá una "facultad" extraordinaria, para no dejarse afectar y, por lo tanto, sorprender por lo que ocurre. Por los hechos. Esta "capacidad" protege a los hijos de Putin de saber que millones de seres humanos son perseguidos, asesinados, sólo por querer ser libres.

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