Amigo del momento

Agapito Maestre

Las campañas electorales de 2019 serán recordadas por los próximos historiadores de nuestro régimen político por dos grandes acontecimientos. Por un lado, el juicio a los golpistas catalanes, lejos de obstaculizar el proceso político, demostró que la justicia y la política están relacionadas pero son ámbitos autónomos. Por otro lado, los resultados electorales de las generales muestran la consolidación de un político, Pedro Sánchez, que parece no hallar rival de su envergadura; el uso que está haciendo del poder en la campaña del 26M es para estudiar, empezando por la manipulación de la muerte de uno de sus principales adversarios políticos en el interior del PSOE.

El juicio a los golpistas está demostrando que no todo está perdido en nuestra democracia. Los españoles aún tienen un asidero al que agarrarse. Es todo un modelo de impartición de justicia, valga de ejemplo las muestras de inteligencia que da todos los días el presidente del Tribunal, Marchena. No obstante, mucho me temo que la sentencia final contra los golpistas imite antes el comportamiento de Roque Guinart, famoso bandido catalán de nuestro Siglo de Oro, que el rigor que exigiría un crimen político tan horrible como el causado por los delincuentes. Creo que este Tribunal, en efecto, será más compasivo que riguroso, o sea, se regirá antes por la clemencia que por el rigor a la hora de aplicar justicia.

Mas será la figura de Pedro Sánchez, en mi opinión, la más recordada por algo obvio: ha ganado las elecciones y, además, ha vuelto a demostrar su determinación, valentía y osadía al dar muerte a uno de sus principales enemigos políticos. Sánchez ha cumplido a la perfección las exigencias de Maquiavelo para ejercer el poder que, según su primer comentarista, Napoleón, consiste en no reconocer otro amigo que no sea el del momento: "Un príncipe no debe conocer más que al amigo del momento, al que puede serle útil, y dejar toda memoria de sensibilidad ante el peligro presente y futuro". Sánchez ha convertido a un enemigo político en un amigo del momento. Ha procedido de modo maquiavélico, incluso cuando Felipe González le ha pedido que integre a los viejos seguidores de Pérez Rubalcaba, porque su respuesta ha sido el silencio. Nada hay que decir, en verdad, porque el partido está unido en torno a su figura. Él manda y el resto carece de importancia.

En fin, si alguien desea estudiar la conducta de Sánchez con el entierro de Pérez Rubalcaba, estudie el último capítulo de El Príncipe, que era La Marsella del siglo XVI a decir de Quinet, y comprobará la malicia e inteligencia de Sánchez. Casi siguió el pie de la letra la conducta de de Castruccio Castracani, señor de Luca, pero con sutileza: "Mando dar muerte a un ciudadano de Luca que había contribuído a su elevación; y como le echaban en cara el haber hecho perecer a un antiguo amigo suyo, respondió que estaba en el error, porque él no había mandado matar más que a a un nuevo enemigo."

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