La encrucijada china

Emilio Campmany

La dictadura china logrará casi con toda seguridad sofocar las protestas, pero lo hará dejándose unos cuantos pelos en la gatera. La política de covid cero tiene como principal objetivo demostrar que el régimen comunista de Pekín es más eficaz que el capitalismo occidental en la lucha contra la pandemia a base de tener menos contagiados, menos muertos y menos hospitalizados. Sin embargo, esta política supuestamente avalada por su eficiencia se está revelando, además de autoritaria, ineficaz.

Por orgullo o incompetencia, las vacunas chinas no se elaboraron con el sistema ARN mensajero occidental y el resultado es que no protegen bien de la enfermedad. Encima, como ocurre en todos los regímenes comunistas, los chinos no se fían de los logros que el régimen anuncia y una gran proporción de ciudadanos no quiere vacunarse por temor a posibles efectos adversos que, de haberlos, el régimen ocultará con seguridad. Como los confinamientos son muy estrictos desde el principio, los contagiados han sido escasos. Pocos contagios y malas vacunas significan que la población está desprotegida ante las nuevas variantes que, como Omícron, son mucho más contagiosas. Es verdad que no son tan letales, pero, si se permitiera que atacaran libremente a una población de mil cuatrocientos millones de personas sin inmunizar, en un país con tan pocas camas por habitante, los hospitales se colapsarían y los muertos por falta de atención médica se multiplicarían. El régimen quedaría en evidencia y eso Xi Jinping no se lo puede permitir.

Entonces, no hay más remedio que continuar con los confinamientos estrictos. Y ahí es donde surgen las protestas. La gente ve los partidos del fútbol del mundial donde las gradas están a rebosar de personas sin mascarilla y se pregunta por qué en China, cuando hay un positivo en un edificio, ponen a todo el bloque o a la urbanización en cuarentena. Y así llevan más de dos años. Por otra parte, estos confinamientos están produciendo más daños que los exclusivamente económicos. Las dificultades de los confinados para ir al hospital por motivos diferentes al coronavirus está provocando muertes que quizá se habrían podido evitar. El incendio de un edificio en la capital de Xinjiang ocasionó al menos diez fallecidos porque al parecer las barreras que garantizaban que sus habitantes respetarían el confinamiento impidieron a los bomberos llegar a tiempo. La consecuencia es que una parte todavía pequeña de la población se da cuenta de que un régimen dictatorial no tiene soluciones mejores que las que tienen las democracias, sólo son más autoritarias y encima, a veces, como en este caso, son ineficientes sin que el régimen disponga de cauces para corregirlas. Los manifestantes empezaron pidiendo el fin de las cuarentenas y ya están exigiendo libertad. Los reprimirán y volverán las aguas a su cauce, pero el régimen habrá dañado su imagen de políticamente competente con la que se vestía de cierta legitimidad. A la larga, sólo con la represión, las dictaduras no se sostienen. Eso lo sabía muy bien Deng Xiaoping. No es seguro que lo sepan Xi Jinping y sus acólitos del partido.

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